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La Sombra de los Espíritus

Sueños de Eros




(Basado en un testimonio real)

Me gusta reservar algunos días de mis vacaciones de verano para pasarlos en la casa de mis padres, en Hoces del Río Carrión. Ahora que vivo en una gran ciudad, en un barrio impersonal y un apartamento de cuarenta y cinco metros cuadrados, doy el valor que merece al lugar donde nací: una humilde, pero amplia vivienda que linda con el monte y tiene un estupendo patio; el cual incluye un pozo de agua cristalina del que aún se abastece toda la familia.

Hay dos momentos especialmente mágicos en estas ocasiones. Uno, cuando mi padre y el que ahora es mi esposo salen al bar después de comer a jugar a las cartas, y comienza la tertulia con mi madre y mi tía, que siempre trae algún dulce para acompañar al café y amenizar el encuentro. El otro, cuando en las tardes más calurosas del mes de agosto me acuesto la siesta en mi antigua habitación con la ventana abierta, que deja paso al olor y el frescor de la sombra de un tupido tilo, que da inicio a una chopera que llega hasta el río.

Espero que nadie me interprete mal: ni me molestan los hombres ni suelo buscar la soledad. Es simplemente que algunas conversaciones se dan, e incluso fluyen más fácilmente, dependiendo de los intereses y de la sensibilidad de los participantes. Al menos eso me parece a mí. Creo que se saborean mucho más.

Aún no salgo del asombro que me produjo la conversación de ayer y del suceso que la precedió.

Tendida sobre la cama, sin desvestirme, con el canto de fondo de las cigarras, no logro abandonarme totalmente al sueño; y es porque no paro de dar vueltas a lo que mi tía y mi madre me desvelaron.

Estábamos en el salón, sentadas en el tresillo. Cuando mientras mi madre servía el café pareció como si una sombra, con forma de mujer, cruzase la habitación hasta salir por la puerta del patio. Pensé que eran cosas mías, que mi vista se había nublado dando paso a esa extraña visión.

—Lo has visto, ¿verdad?

Preguntó mi madre dirigiéndose a su hermana.

—Es la mujer de pelo largo y suelto… Hacía tiempo que no la veíamos. Parece que ha vuelto.

No salía de mi sorpresa.  No sólo la habían visto, igual que yo, sino que no era la primera vez que aquella especie de fantasma había rondado por allí.

—Tranquila, hija. Es algo muy común en esta casa. ¡No me digas que te has asustado! Seguro que has tenido que encontrarte con ella en alguna ocasión.

Se apresuró a decir mi madre, al ver la expresión de sorpresa y la palidez de mi cara.

—Si no te hemos dicho nada –comenzó a decir mi tía—, es porque jamás hemos hablado de esto con nadie que no haya tenido la misma experiencia que nosotras. Incluso tu madre y yo tardamos años en compartir lo que veíamos.

— ¿Y desde cuando lo veis?

—Yo desde niña, y siempre en esta habitación —contestó mi madre—. Tu tía sólo lo veía en su dormitorio, hasta que cumplió dieciséis años. Un año antes de que muriera tu abuela tuvimos el valor de hablarlo con ella. Yo pensaba que si decía algo me llevarían al médico o me tomarían por loca directamente. Nuestra madre nos dijo que aquellas visiones no eran producto de nuestra imaginación, que eran de verdad.

— ¿Entonces todas veíais lo mismo? Quiero decir, ¿a las mismas sombras?

—Bueno, en realidad solamente hay dos sombras —contestó mi madre—.la mujer que ha pasado hace un instante y un hombre que lleva una capa. A ese le podían ver tanto tu abuela como tu tía. Yo también le vi, pero con menos frecuencia.

—La abuela nos contó —dijo mi tía en esta ocasión— como una vez el hombre de la capa se dio cuenta de que ella le veía. Entonces se embozó rápidamente y se metió por detrás del armario. Al parecer detrás de ese armario hubo una puerta que tapiaron los bisabuelos al reformar la casa.

— ¿Y no teníais miedo? ¿Ninguna sombra os dijo algo cuando se daban cuenta de que podíais verlas?

—Pues no.

—Contestaron ambas pensativas, con cierto aire de nostalgia.

Por un momento nos quedamos en silencio. Olía a café y a rosquillas. El sonido de fondo del canto de los pájaros hacía de música ambiental. Al dejar mi taza sobre el plato, golpeé la cucharilla de forma accidental y calló al suelo, rompiéndose el hechizo de aquel momento.

— Y tú, ¿qué? ¿No tienes nada qué contarnos? —Preguntó mi tía—. Tu habitación fue la que tuvo tu abuela hasta que se casó, después fue para mí. Cuando creciste un poco, tu madre te puso en ella... No nos digas que, desde entonces, no has visto nada.

—Yo… —balbuceé al contestar—, no había visto nada con la claridad que lo he hecho esta tarde.

Mi madre y mi tía se miraron y asintieron con una sonrisa.

—Siempre pensé que eran imaginaciones mías. Solía ser a la hora de la siesta. Sólo fue durante el año en que cumplí los quince, pero lo había olvidado. La sombra de un hombre embozado en su capa entraba por la puerta de mi habitación y se metía por detrás del armario. Tal y como habéis dicho que pasaba. Nunca me miraba. Yo creo que no me veía. Estaba convencida de que lo soñaba.

— Y ¿nada más? —Preguntó mi tía.

—Pues yo diría que nada más. Después de aquel verano no volví a ver nada hasta el día de hoy.

Ambas se miraron de nuevo y otra vez sonrieron, pero en esta ocasión me pareció observar en ello un matiz malicioso. Me puse totalmente colorada y mis nervios se agitaron de tal modo que derramé mi taza de café cuando fui a cogerla. Afortunadamente, cambiaron su actitud de manera inmediata y empezaron a hablar de otra cosa.

Mi madre y mi tía tenían razón. Hubo algo más que yo no aceptaba como un hecho real, pero que ahora me parecía verdadero. Una de aquellas tardes de verano, tal como la de hoy, el hombre encapotado se dio cuenta de que le miraba, y en vez de continuar con su ronda habitual se paró junto a los pies de mi cama y se descubrió.

Aunque nunca me había inspirado miedo, aún no sabía que cara se escondía tras su embozo. Resultó ser un muchacho con una edad parecida la mía; quizá algún año más. Le sonreí y me devolvió la sonrisa. Después se marchó apareciendo de nuevo al día siguiente. Día tras día, iba notando en mi pecho una especie de calor que hasta entonces nunca había sentido, que aumentaba cuando pensaba en él y sobre todo cuando le veía. Era una sensación tan extraordinariamente dulce y hermosa que me llevó a pensar que, hasta aquel momento, no había comenzado realmente mi vida.

Una tarde, aquel joven se sentó sobre el borde de mi cama. Parecía saber lo que yo sentía, y quiso hacérmelo entender acercándose hasta mí. Cerré los ojos y noté sus cálidas y firmes manos acariciando mi cuerpo. Fue en aquel momento cuando descubrí el placer carnal, paradójicamente, gracias a la vaporosa sombra de un espíritu.

Nunca volvió a suceder. Pasado aquel verano lo olvidé. Pensé que no fue más que pura fantasía de mi duermevela. ¿Y nada más? Me había preguntado mi tía. Ahora creo que aquel ser atemporal probablemente tuvo cientos de amantes en aquella casa, y en las anteriores que hubiera habido en aquel lugar. Mirando hacia la ventana, aquella tarde por fin me dormí con la esperanza secreta, como en otras ocasiones, de volvérmelo a encontrar paseando sonriente entre mis sueños.

Fin

Por Valentín Martínez Carbajo.

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La Sombra de los Espíritus

Sueños de Eros




(Basado en un testimonio real)

Me gusta reservar algunos días de mis vacaciones de verano para pasarlos en la casa de mis padres, en Hoces del Río Carrión. Ahora que vivo en una gran ciudad, en un barrio impersonal y un apartamento de cuarenta y cinco metros cuadrados, doy el valor que merece al lugar donde nací: una humilde, pero amplia vivienda que linda con el monte y tiene un estupendo patio; el cual incluye un pozo de agua cristalina del que aún se abastece toda la familia.

Hay dos momentos especialmente mágicos en estas ocasiones. Uno, cuando mi padre y el que ahora es mi esposo salen al bar después de comer a jugar a las cartas, y comienza la tertulia con mi madre y mi tía, que siempre trae algún dulce para acompañar al café y amenizar el encuentro. El otro, cuando en las tardes más calurosas del mes de agosto me acuesto la siesta en mi antigua habitación con la ventana abierta, que deja paso al olor y el frescor de la sombra de un tupido tilo, que da inicio a una chopera que llega hasta el río.

Espero que nadie me interprete mal: ni me molestan los hombres ni suelo buscar la soledad. Es simplemente que algunas conversaciones se dan, e incluso fluyen más fácilmente, dependiendo de los intereses y de la sensibilidad de los participantes. Al menos eso me parece a mí. Creo que se saborean mucho más.

Aún no salgo del asombro que me produjo la conversación de ayer y del suceso que la precedió.

Tendida sobre la cama, sin desvestirme, con el canto de fondo de las cigarras, no logro abandonarme totalmente al sueño; y es porque no paro de dar vueltas a lo que mi tía y mi madre me desvelaron.

Estábamos en el salón, sentadas en el tresillo. Cuando mientras mi madre servía el café pareció como si una sombra, con forma de mujer, cruzase la habitación hasta salir por la puerta del patio. Pensé que eran cosas mías, que mi vista se había nublado dando paso a esa extraña visión.

—Lo has visto, ¿verdad?

Preguntó mi madre dirigiéndose a su hermana.

—Es la mujer de pelo largo y suelto… Hacía tiempo que no la veíamos. Parece que ha vuelto.

No salía de mi sorpresa.  No sólo la habían visto, igual que yo, sino que no era la primera vez que aquella especie de fantasma había rondado por allí.

—Tranquila, hija. Es algo muy común en esta casa. ¡No me digas que te has asustado! Seguro que has tenido que encontrarte con ella en alguna ocasión.

Se apresuró a decir mi madre, al ver la expresión de sorpresa y la palidez de mi cara.

—Si no te hemos dicho nada –comenzó a decir mi tía—, es porque jamás hemos hablado de esto con nadie que no haya tenido la misma experiencia que nosotras. Incluso tu madre y yo tardamos años en compartir lo que veíamos.

— ¿Y desde cuando lo veis?

—Yo desde niña, y siempre en esta habitación —contestó mi madre—. Tu tía sólo lo veía en su dormitorio, hasta que cumplió dieciséis años. Un año antes de que muriera tu abuela tuvimos el valor de hablarlo con ella. Yo pensaba que si decía algo me llevarían al médico o me tomarían por loca directamente. Nuestra madre nos dijo que aquellas visiones no eran producto de nuestra imaginación, que eran de verdad.

— ¿Entonces todas veíais lo mismo? Quiero decir, ¿a las mismas sombras?

—Bueno, en realidad solamente hay dos sombras —contestó mi madre—.la mujer que ha pasado hace un instante y un hombre que lleva una capa. A ese le podían ver tanto tu abuela como tu tía. Yo también le vi, pero con menos frecuencia.

—La abuela nos contó —dijo mi tía en esta ocasión— como una vez el hombre de la capa se dio cuenta de que ella le veía. Entonces se embozó rápidamente y se metió por detrás del armario. Al parecer detrás de ese armario hubo una puerta que tapiaron los bisabuelos al reformar la casa.

— ¿Y no teníais miedo? ¿Ninguna sombra os dijo algo cuando se daban cuenta de que podíais verlas?

—Pues no.

—Contestaron ambas pensativas, con cierto aire de nostalgia.

Por un momento nos quedamos en silencio. Olía a café y a rosquillas. El sonido de fondo del canto de los pájaros hacía de música ambiental. Al dejar mi taza sobre el plato, golpeé la cucharilla de forma accidental y calló al suelo, rompiéndose el hechizo de aquel momento.

— Y tú, ¿qué? ¿No tienes nada qué contarnos? —Preguntó mi tía—. Tu habitación fue la que tuvo tu abuela hasta que se casó, después fue para mí. Cuando creciste un poco, tu madre te puso en ella... No nos digas que, desde entonces, no has visto nada.

—Yo… —balbuceé al contestar—, no había visto nada con la claridad que lo he hecho esta tarde.

Mi madre y mi tía se miraron y asintieron con una sonrisa.

—Siempre pensé que eran imaginaciones mías. Solía ser a la hora de la siesta. Sólo fue durante el año en que cumplí los quince, pero lo había olvidado. La sombra de un hombre embozado en su capa entraba por la puerta de mi habitación y se metía por detrás del armario. Tal y como habéis dicho que pasaba. Nunca me miraba. Yo creo que no me veía. Estaba convencida de que lo soñaba.

— Y ¿nada más? —Preguntó mi tía.

—Pues yo diría que nada más. Después de aquel verano no volví a ver nada hasta el día de hoy.

Ambas se miraron de nuevo y otra vez sonrieron, pero en esta ocasión me pareció observar en ello un matiz malicioso. Me puse totalmente colorada y mis nervios se agitaron de tal modo que derramé mi taza de café cuando fui a cogerla. Afortunadamente, cambiaron su actitud de manera inmediata y empezaron a hablar de otra cosa.

Mi madre y mi tía tenían razón. Hubo algo más que yo no aceptaba como un hecho real, pero que ahora me parecía verdadero. Una de aquellas tardes de verano, tal como la de hoy, el hombre encapotado se dio cuenta de que le miraba, y en vez de continuar con su ronda habitual se paró junto a los pies de mi cama y se descubrió.

Aunque nunca me había inspirado miedo, aún no sabía que cara se escondía tras su embozo. Resultó ser un muchacho con una edad parecida la mía; quizá algún año más. Le sonreí y me devolvió la sonrisa. Después se marchó apareciendo de nuevo al día siguiente. Día tras día, iba notando en mi pecho una especie de calor que hasta entonces nunca había sentido, que aumentaba cuando pensaba en él y sobre todo cuando le veía. Era una sensación tan extraordinariamente dulce y hermosa que me llevó a pensar que, hasta aquel momento, no había comenzado realmente mi vida.

Una tarde, aquel joven se sentó sobre el borde de mi cama. Parecía saber lo que yo sentía, y quiso hacérmelo entender acercándose hasta mí. Cerré los ojos y noté sus cálidas y firmes manos acariciando mi cuerpo. Fue en aquel momento cuando descubrí el placer carnal, paradójicamente, gracias a la vaporosa sombra de un espíritu.

Nunca volvió a suceder. Pasado aquel verano lo olvidé. Pensé que no fue más que pura fantasía de mi duermevela. ¿Y nada más? Me había preguntado mi tía. Ahora creo que aquel ser atemporal probablemente tuvo cientos de amantes en aquella casa, y en las anteriores que hubiera habido en aquel lugar. Mirando hacia la ventana, aquella tarde por fin me dormí con la esperanza secreta, como en otras ocasiones, de volvérmelo a encontrar paseando sonriente entre mis sueños.

Fin

Por Valentín Martínez Carbajo.

Cuentos, cenefa inferior



Alfonso. El león que pasó de pensar que era un juguete de peluche, a coser la boca de su tía con una cuerda que, casualmente, estaba en el suelo.



(Fábula)

Érase una vez un león que tenía una pobre imagen de sí mismo. Cuando se miraba al espejo se veía débil, con las zarpas entumecidas, sin capacidad para cazar e incluso para defenderse de los demás.

Había crecido en la creencia de que era un león de peluche con el que los demás podían jugar a su antojo. No creía merecer respeto, pues pensaba que no formaba parte de aquella especie ya que su piel, según le habían dicho desde muy pequeño, no era como la de los leones de verdad.

A menudo era objeto de bromas crueles por parte de la manada a la que pertenecía. Se reían de él y le golpeaban, sin consideración, como el león de peluche que decían que era. Aquello no le gustaba, pero no había conocido otra cosa. Al principio se reveló, pero al ver que nadie se ponía de su parte y carecía de la fuerza suficiente como para evitar aquellos malos tratos, se resignó. Pensaba que con el tiempo su piel se volvería como la de los demás leones y entonces dejarían de tratarle de mal.

El problema fue que se llegó a creer tan íntimamente su rol que, aun siendo ya adulto, cuando se relacionaba con otros leones y le trataban con consideración se sentía realmente incómodo; como si no se mereciera un buen trato, ya que en el fondo pensaba que él realmente era un fraude, que no era un león de verdad, y los estaba engañando a todos. ¿A caso no veían que no era como ellos? —Pensaba para sí.

En consecuencia, de manera inconsciente, buscaba reafirmarse en su creencia colocándose en situaciones comprometidas, exponiendo sus debilidades ante los demás y señalando sus propias faltas con el fin de que dejaran de respetarle y le trataran del modo al que estaba acostumbrado. Recibir golpes y humillaciones formaba parte de su identidad y cuando no los recibía se sentía tan extraño que no sabía cómo reaccionar. Incluso, a veces, sentía miedo; por lo que rápidamente buscaba evidenciar sus limitaciones, sus fracasos y meteduras de pata. A fin de cuentas, tarde o temprano, acabarían fijándose en su piel y comenzaría la tortura. Prefería adelantarse y recibir todas aquellas vejaciones estando prevenido, pues cuando se confiaba, y le cogían por sorpresa, le dolían mucho más.

Un día, cansado de tanto sufrimiento, acudió a un viejo león, que tenía fama de mago, para que le librara de aquella esclavitud.

—Has empleado la palabra correcta: esclavitud —dijo el viejo mago león con voz solemne, aunque llena de cordialidad—. Pasemos dentro de mi cueva.

El león que se creía de peluche, y cuyo nombre era Alfonso, se sentó junto a la chimenea, frente al mago, en uno de los dos sillones, forrados con piel de cebra, embellecidos en aquel momento por la luz de fuego.

—Cuéntame tu historia desde el principio, desde cuando comenzaron a tratarte mal —dijo el viejo mago, llamado Baltasar, mientras atizaba las brasas y añadía más leña.

Baltasar escuchó atentamente las palabras de Alfonso, quien a medida que avanzaba en su relato se fue encogiendo en el sillón perdiendo su inicial aspecto regio que, en un abrir y cerrar de ojos, se había desvanecido tras pronunciar sus primeras palabras. Terminada su exposición, con voz serena, el mago le expresó su parecer.

—Te dije que habías empleado la palabra correcta —comenzó diciendo el mago—, pues realmente eres un esclavo. Pero no un esclavo al servicio de tus congéneres, como podría pensarse por lo que te ocurre, sino un esclavo de las creencias que instalaron en ti cuando eras sólo un cachorro, y que actúan como los barrotes de una prisión en la que se encuentra encadenado tu espíritu. Tú mismo alimentas a los guardianes y mantienes cerrada la celda.

—Pero ¿cómo y quién me puso esos barrotes de los que me hablas? —Pregunto el joven león, sin comprender aún las palabras del mago.
—Quienes debieron sembrar libertad, esperanza, fortaleza y valor en tu vida, pusieron en ti la semilla de todo lo contrario. Lo hicieron siendo víctimas de una enfermedad endémica que se llama ignorancia entre cuyos síntomas se encuentra la malicia.
—¿Y qué puedo hacer para destruir esos barrotes? —Preguntó el león Alfonso que comenzaba a entender a lo que se refería el mago.

—Yo te ayudaré, ya que nadie puede conseguirlo solo; pues es muy difícil ver una prisión que te permite ir de un lado para otro. Sobre todo, cuando sus barrotes son realmente invisibles —dijo el mago—. Sólo hay una condición: que confíes totalmente en mí. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Sí —contestó el león Alfonso sin vacilar.

—Levántate de tu sillón y sígueme hasta el fondo de esta cueva —dijo el mago—. Allí existe un túnel que nos conducirá hasta tu pasado.
El túnel era largo y oscuro, aunque se encontraba tenuemente iluminado por la luz las antorchas que colgaban de sus paredes, lo que le convertía en transitable; aunque en algunos tramos no se veía nada en absoluto.

Las fuerzas del león Alfonso, iban flaqueando en la misma medida que avanzaban. El mago Baltasar, que iba delante, notó su decaimiento sin necesidad de verlo; por lo que comenzó a infundirle ánimo con sus palabras.

—Es normal que te sientas intimidado —dijo el mago—; mucho más intimidado de lo que habitualmente estás. Estamos regresando a tu pasado y eso tiene consecuencias. Tu tamaño disminuirá y el espíritu del cachorro en el que te estás transformando acabará apropiándose del mando de tu ser. Tu conciencia podrá ver lo que realmente sucede, pero no podrás ayudarte a ti mismo.

—Pero ¿entonces…? —Preguntó el león Alfonso con un timbre de voz que delataba que se estaba convirtiendo en un cachorro.

—Yo estaré a tu lado para conducirte —dijo el mago Baltasar—. No podré protegerte físicamente, ya que sólo podrás verme tú; pero si sigues mis instrucciones lograrás desarrollar la fuerza que te negaron. Confía y podrás comprobar cómo descubres tu propia valía; y nunca más volverás a despreciarte ni a buscar que te molesten los demás.

Alfonso, el león, no estaba seguro de aquello fuera a funcionar, tanto más cuanto peor se iba sintiendo al regresarle unos recuerdos que, por dolorosos, había relegado al olvido.

—Nos acercamos al momento clave en el que se inició la construcción de tus barrotes, cuando te programaron para hacer que te creyeras un muñeco de peluche y no un león de verdad —dijo el mago Baltasar.

De pronto se vio cuando era solo un cachorrillo de unos meses. No había llegado a conocer a su padre y su madre acababa de morir en una cacería. De pronto se encontró al cuidado de su tía; una joven leona de la manada que ya tenía dos cachorros. Celosa por el pelaje aterciopelado de su sobrino, superior en belleza al de ella misma y al de sus propios hijos, comenzó a albergar inquina contra él. Era una leona muy superficial, amante de las apariencias y de talante mezquino, que utilizaba la malicia, como arma recurrente, para no sentirse inferior a los otros.

En aquel momento, el pequeño Alfonso se dirigía hacia donde se encontraban sus primos, que jugaban a pelearse con los otros cachorros de la manada.

—¿A dónde vas? —Le preguntó su tía con una voz chillona y un feo y marcado gesto de desprecio en su rostro— ¡Cuántas veces te he dicho que no puedes jugar con ellos! ¡No eres más que un muñeco de peluche! ¿A caso no ves tu piel?... Cuando ellos quieran vendrán a por ti y te tratarán como lo que eres… ¡Ni se te ocurra resistirte ni hacerlos daño!

Alfonsito se encogió y se puso triste, llegando con ello la debilidad. Aunque su tía se había ido, no se atrevía a moverse, pues carecía de valor para incumplir su orden, que un día tras otro le repetía.

—¿Por qué te has puesto triste? —Le preguntó el mago; aunque él ya lo sabía, pues había presenciado toda la escena.

—Mi tía me ha dicho que no soy como mis primos, ni como los demás leones… dice que soy un muñeco de peluche y que tengo que dejar que jueguen conmigo…

—¿Dice…? —Preguntó el mago con énfasis—. ¿Dice…? —Volvió a repetir.

—Dice que soy…

El león mago Baltasar no le dejó terminar la frase.

—¡La gente dice muchas cosas! —Exclamó—. Pero eso no significa que sean ciertas.

—¿Qué…? —Preguntó el león Alfonso sorprendido, al tomar conciencia de lo que hasta aquel momento él tenía por la verdad absoluta. Jamás se había cuestionado lo que ella decía; porque carecía de la suficiente experiencia como para hacerlo. A su edad, el mundo era tal y como los adultos decían que era; y sin nadie que lo desmintiera, pensaba realmente que era así.

—Haz una cosa —dijo el león Baltasar—: vas a fingir que la crees, y seguidamente vas a comprobar que lo que dice ella no es verdad.

—Pero ¿cómo puedo hacer eso?... Si se entera se enfadará.

—No te preocupes ahora por esa posibilidad… ¿También dice que se entera de lo que haces cuando ella no está? —Preguntó el mago retóricamente para que Alfonso se diera cuenta de que sólo eran cosas que ella decía; sin más valor que el que opina sobre el tiempo que va hacer al día siguiente y alguna vez acierta.

—Mira tus zarpas —dijo el mago Baltasar— ¿Qué ves?

—Veo unas zarpas blandas y pequeñas, que no pueden hacer daño ni a una mosca… no sirven para defenderme.

—Imagino que eso te lo dicho alguien que yo me sé… —dijo Baltasar— ¡Eso que has afirmado no es verdad! Tus zarpas son como las de tus primos. Lo que sucede es que ella te ha hipnotizado con sus palabras…las palabras tienen mucho poder… Haz un poco de presión en el centro.

Para su sorpresa, se dio cuenta de que al presionar aparecían unas uñas similares a las de todos los de su especie. ¿Pero cómo no lo había visto antes? ¿Tanto poder tenía su tía como para anular un reflejo que era totalmente natural en un león? Quizá, como dijo Baltasar, realmente las palabras tenían poder.

—Debes hacer como que no has descubierto nada —continuó instruyéndole el mago—, pero cuando vuelvas a jugar con tus primos y el resto de tus amigos, recuerda que puedes sacar las uñas. Si alguien juega a arañarte, aráñale en silencio con la misma fuerza con que lo haga él. Seguramente se sorprenderán, pero tú actúa como si no hubieras hecho nada. Guarda silencio. Qué no sepan de dónde viene tu poder.

Y desde entonces así lo hizo. Aprendió a fingir que creía a su mezquina tía ignorante, enferma de envidia. Ante ella se mostraba tranquilo, quieto y obediente; pero cuando ella se iba ya no esperaba a que sus primos lo buscaran para jugar; comenzó a tomar la iniciativa. Sus compañeros de juegos, acostumbrados a maltratarle sin que se defendiera, se llevaron una gran sorpresa cuando vieron que sus zarpazos tenían consecuencias. Además, ya no lloraba o se escondía en un rincón cuando iban a por él, sino que se enfrentaba con fuerza y en silencio; lo que les asustaba todavía más.

Un día, cansados de llevarse la peor parte en los combates, sus primos le dijeron que había cambiado, que ya resultaba divertido jugar con él y que se lo dirían a su madre. Alfonso se asustó y aprovechando ese momento de debilidad su primo menor le dio un fuerte zarpazo en la cara abriéndole una ceja.

—¡Tranquilo! Deja que se vayan y escúchame —le dijo el mago Baltasar—. Date cuenta de que a pesar de que ahora tus primos y sus amigos suelen llevarse su merecido, siguen jugando contigo, ¿no es cierto? Antes te dejabas hacer todo tipo de perrerías, porque te lo decía tu tía, pero también porque no querías estar sólo. Nadie puede estar siempre solo y sentirse bien. Aprendiste que para que los demás te quisieran y estuvieran contigo debías permitirles que te hicieran daño, ya que si no te dejabas no estaban contigo. Así que tienes asociado compañía a maltrato y respeto a soledad. ¡Todos necesitamos y buscamos compañía!, pero no a ese precio tan caro.

 Alfonso se preguntó por qué no paró Baltasar el ataque de su primo, hasta que recordó que era invisible y no podía ayudarle de ese modo.
—Déjalos que se vayan y que le digan a su madre lo que quieran —dijo Baltasar—. Ahora debes centrarte en pensar que eres un felino.

—Lo sé, pero no te entiendo mago Baltasar —dijo el leoncito Alfonso con una mueca de confusión, mientras se limpiaba la sangre, que corría por su cara, con el dorso de su zarpa.

—Permítete perder esta batalla… y todas las que sean necesarias —continuó diciendo Baltasar—. Un felino es astuto por naturaleza. Deja que tu astucia fluya hacia la exterior. Cuando venga tu tía, compórtate como siempre: temeroso, acomplejado y pequeño. Pero cuando se vaya, ahora que sabes cómo hacerlo, pelea con tus primos y sus secuaces hasta hacerlos realmente daño, pero no les dejes marcas como la que te han dejado ellos a ti… Si volvieran a buscar el apoyo de tu tía, vuelve a reaccionar ante ella como el muñeco de peluche que dice que eres y después vuelve a la carga con más fuerza. Ella dejará de creerlos, además, le molestará que la interrumpan en su descanso y acabarán recibiendo una ración extra de castigo.

Y eso fue lo que hizo. Al ver su tía que Alfonso estaba herido y que se comportaba con la sumisión a la que estaba acostumbrada, le costó creer a sus hijos; aún de ese modo, no se ahorró palabras intimidatorias hacia él.

—Si mis hijos vuelven a quejarse de ti —dijo su tía— estarás un día sin comer y dormirás en la bodega, entre las cosas inservibles. Vete al rio y límpiate esa sangre apestosa con la que estás ensuciando el suelo de mi casa.

Tal y como le indicó el mago Baltasar, en cuando se marchó su tía, que era realmente quien le intimidaba, cargó contra aquella pandilla de matones. Era mucho más ágil que ellos y aunque de la misma edad, pareció aumentar su tamaño, cuando lanzó su ofensiva. Aquellos cobardes, que no estaban acostumbrados a que reaccionara de aquel modo, se asustaron de verdad ante unas fauces abiertas y amenazantes, pero silenciosas. En vez de enfrentarse a él, salieron corriendo, aunque de nada les sirvió. Desperdigados por la sabana, les fue dando caza uno a uno procurándoles su merecido.

Cuando llegó la caída del sol, todos estaban de nuevo en casa. Alfonso, ante la presencia de su tía, de nuevo se hizo el asustadizo, y sus primos, amedrantados por primera vez, no dijeron nada.

Poco a poco, Alfonso fue haciéndose un hueco entre los leones jóvenes, dónde comenzaron a apreciarlo de verdad y respetarlo como un líder indiscutible. Su pelaje era cada día más fuerte y más hermoso, lo que le hacía destacar sin proponérselo. Sin embargo, delante de los adultos, sobre todo delante de su tía, aún no se sentía totalmente seguro, pues ella no había perdido su capacidad para intimidarlo.
—Debes dar un paso más —dijo el mago Baltasar.

Baltasar sabía que la nobleza del joven león Alfonso le impedía faltar al respeto de sus mayores y en especial de su tía, pues era quien le había alimentado desde que murieron sus padres. Él pensaba que la educación, los años y la experiencia de ella, era lo que dictaba su forma de comportarse con él. Que, de algún modo, que él no comprendía, todo lo que le decía y el trato que le daba eran por su bien. Sabiendo, por su magia, lo que pensaba Alfonso, Baltasar le instruyó de nuevo.

—Es cierto que la edad, aporta experiencia y en algunos casos sabiduría —continuó diciendo el mago—; pero raro es el que, siendo infame de joven, no continúa siéndolo de mayor. Tendrá mucha más experiencia, no lo discuto, pero en ser más artero y mezquino de lo que fue en su juventud. Piensa qué harías tú con alguien que hubieran puesto a tu cuidado; cómo lo tratarías; y si llegas a la conclusión de que no lo harías del modo que ella lo hace contigo, deberás obrar en consecuencia.

— ¿Y sí me equivoco? ¿No podrías decirme tú, que eres capaz de conocer los pensamientos de la gente, si ella ha obrado mal conmigo sabiendo lo que hacía? —Preguntó el joven Alfonso más asustado por el peso de su conciencia que por el castigo al que podía verse expuesto si fracasaba en el enfrentamiento con su tía.

—Casi nunca nos equivocamos si escuchamos al corazón —dijo Baltasar—. El verdadero problema reside en que admitir ciertas verdades nos obliga a actuar en consecuencia. La mayoría de la gente prefiere mirar hacia otro lado y aguantar cargas que no le corresponden, con tal de no hacer el esfuerzo que cambiaría su situación. Es más fácil seguir siendo una víctima que tomar las riendas de la vida. A fin de cuentas, uno se acostumbra a todo, incluso a que le apaleen a diario.

Alfonso, el león, sabía que era cierto. Al día siguiente, su tía esperó como siempre a que terminaran de comer sus dos hijos para darle las sobras a su sobrino Alfonso. Cuando se quedó a solas con ella, en vez de comer con la actitud sumisa que era habitual en él, se sentó sobre sus patas traseras y la miró fijamente.

Su tía, que apenas se molestaba en dirigirle la mirada habitualmente, puso su atención sobre él. Sin duda había crecido, pensó; incluso parecía más grande que sus hijos. Le veía distinto, pero no sabía en qué.

—¿Es que hoy no piensas comer? —Preguntó con el mismo tono despectivo con el que acostumbraba a tratarlo.

— Ya que no puedes quererme, te pido que me trates con el mismo respeto que lo haces con tus hijos —dijo Alfonso con todo el aplomo que fue capaz de reunir, manteniendo la voz firme y serena junto su postura erguida.

— ¡Serás… desagradecido! —dijo su tía remarcando cada sílaba de sus palabras, totalmente enfurecida, al tiempo que alzaba su zarpa para golpearle en la cara.

En silencio, esperando la embestida, y apenas sin esfuerzo, para sorpresa de él mismo, apartó la zarpa de tu tía con una de sus afiladas garras causándole una gran herida en la pata. Asombrada por su fuerza y asustada, se echó hacia atrás para volver de nuevo a la carga. Alfonso no se movió, simplemente rugió de tal modo que no solo temblaron las paredes de la casa, sino que también llegó a los mismos confines de la sabana, haciendo que todos los seres que la poblaban dirigieran su mirada hacia allí. Aterrorizada, con su cuerpo agazapado, comenzó a caminar hacia atrás, aunque sin perder el contacto visual con su sobrino. Como último recurso ella utilizó su voz; sabía las palabras que tenía que decir para que Alfonso se encogiera y se mostrara como lo que ella pretendía que fuera.

—Ese rugido se apagará —dijo ella clavándole los ojos— no eres más que un muñeco de trapo… ni siquiera eres ya de peluche… —añadió, con una voz cargada de veneno, sin dejar de reptar hacia atrás hasta arrinconarse ella misma.

No entendía como sus palabras ya no hacía mella en él, como lo venían haciendo, incluso, hasta el día anterior; cuando habían producido su efecto satisfactoriamente. Alfonso se levantó y caminó hacia ella; bastó un leve rugido para que su tía se callase. Cuando intentó continuar con sus sugestiones, le clavó una de sus uñas entre los labios, aprisionándolos. Después, con una cuerda, que casualmente se encontraba en el suelo, se los ató.
 
Ella dejó de moverse. La mirada que vio en su sobrino la paralizó. De pronto vio tras ellos los ojos de su cuñado y la mirada de su propia hermana acusándola de impiedad para con su hijo.

Alfonso la obligó a meterse en la bodega. La cerró y salió como cualquier otra tarde a pasear hasta la hora de la cena. Aquel día regresó un poco antes y él mismo dispuso la carne en la mesa. Cuando llegaron sus primos se sentaron a comer. Para su asombro, Alfonso se sentó con ellos. Se miraron entre sí y rugieron, aunque débilmente, llamando a su madre. Alfonso comenzó a comer. Sabiendo de primera mano cómo se las gastaba su primo, ni se atrevieron ni a soplarle. Al ver que su madre no venía, comenzaron a comer junto a él.

Al día siguiente Alfonso hizo lo mismo. Sus primos no dijeron nada. Mientras no faltase la comida, parecía no preocuparles la ausencia de su madre. Antes del anochecer, Alfonso sacó a su tía de la bodega, le quitó la cuerda de la boca, curó sus heridas y le dio de comer. Todo, sin decir una sola palabra. Su tía entendió su mensaje y habiendo recapacitado sobre su conducta ni siquiera se quejó. Preparó la mesa para todos y no sirvió la comida hasta que no estuvieron todos sentados.

Después de aquel día, Alfonso ya no fue el mismo. No tenía que hacer nada para que le respetaran. Bastaba una mirada o ni tan siquiera eso, para que se apartaran a su paso. Fueron muchos los que empezaron a pensar, que cuando fuera un león adulto, sería un firme candidato a dirigir la manada.

Puesto que ya estaba hecho lo que habían ido a hacer allí, el mago Baltasar pidió al joven Alfonso que le acompañara de regreso a casa a través del túnel por el que habían ido hasta el pasado. Cuando se encontraron frente a la chimenea, el propio mago se llevó una sorpresa superlativa. Alfonso se había transformado en un león majestuoso con una larga melena y un pelaje fuerte y brillante.

—Mírate en el espejo que hay tras de ti —le pidió Baltasar, que reconoció sentirse intimidado.

—¿Cómo he podido cambiar de este modo, si apenas hemos estado unos días en el pasado? —Preguntó con la voz pausada y un aplomo que, aunque hasta aquel momento no había tenido, ahora le resultaba familiar.

—Ni siquiera hemos estado unas horas —contestó el mago Baltasar— y tampoco hemos salido de esta cueva.

—Explícamelo, por favor —pidió Alfonso en un tono respetuoso; aunque no falto de una autoridad que no nacía de su deseo sino de una condición innata que simplemente reclamaba su lugar, sirviéndose de sus palabras.

—Ese túnel no conduce a la sabana sino al interior de tu mente. Todo ha sucedido allí, pero, como puedes observar, ha tenido repercusiones fuera.

—Pero, … si en realidad ha sido así, … ¡no ha ocurrido nada salvo en mi imaginación! —Dijo el león Alfonso, tratando de entender la experiencia por la que había atravesado.

—Las verdaderas batallas… se pierden o se ganan en la mente. Con las instrucciones adecuadas, que en su momento tú no tuviste, ahora has ganado… Entrando en nuestra mente tenemos el poder de cambiar el pasado, afectar al presente y programar nuestro futuro. La prueba eres tú —dijo Baltasar absolutamente convencido—. No necesitas saber de qué modo sucede, basta con que sepas que sucede y lo compruebes por ti mismo.

—Estoy en condiciones de confirmarlo —dijo Alfonso poniéndose en pie para caminar hacia la puerta—. Antes de que se ponga sol, te traeré una recompensa por tu trabajo.

Alfonso salió a la sabana de la que apenas unas horas antes había huido tembloroso buscando ayuda. Nada parecía haber cambiado salvo la actitud de los demás cuando se cruzaban con él. Lo más extraño era que todo le resultaba muy natural. Nadie se extrañó de su nueva presencia: subyugante y cautivadora, como si siempre hubiera sido así. Ni siquiera él mismo se extrañó. Uno de sus primos, al cruzarse con él, le pidió que acudiera a la asamblea, donde esa noche iban a decidir a quién prepararían, en los meses sucesivos, como heredero a la jefatura de la manada. Nadie tuvo dudas a la hora de elegir. Ni siquiera su tía, que presentaba unas extrañas cicatrices en los labios que, hasta aquel preciso instante, no se había dado cuenta que tenía.

Fin

Por Valentín Martínez Carbajo.



Escritor Valentín Martínez Carbajo                ©Salamandra DG Web
Escritor Valentín Martínez Carbajo   ©Salamandra DG Web
cenefa superior, Alfonso, el león

Alfonso. El león que pasó de pensar que era un juguete de peluche, a coser la boca de su tía con una cuerda que, casualmente, estaba en el suelo.



(Fábula)

Érase una vez un león que tenía una pobre imagen de sí mismo. Cuando se miraba al espejo se veía débil, con las zarpas entumecidas, sin capacidad para cazar e incluso para defenderse de los demás.

Había crecido en la creencia de que era un león de peluche con el que los demás podían jugar a su antojo. No creía merecer respeto, pues pensaba que no formaba parte de aquella especie ya que su piel, según le habían dicho desde muy pequeño, no era como la de los leones de verdad.

A menudo era objeto de bromas crueles por parte de la manada a la que pertenecía. Se reían de él y le golpeaban, sin consideración, como el león de peluche que decían que era. Aquello no le gustaba, pero no había conocido otra cosa. Al principio se reveló, pero al ver que nadie se ponía de su parte y carecía de la fuerza suficiente como para evitar aquellos malos tratos, se resignó. Pensaba que con el tiempo su piel se volvería como la de los demás leones y entonces dejarían de tratarle de mal.

El problema fue que se llegó a creer tan íntimamente su rol que, aun siendo ya adulto, cuando se relacionaba con otros leones y le trataban con consideración se sentía realmente incómodo; como si no se mereciera un buen trato, ya que en el fondo pensaba que él realmente era un fraude, que no era un león de verdad, y los estaba engañando a todos. ¿A caso no veían que no era como ellos? —Pensaba para sí.

En consecuencia, de manera inconsciente, buscaba reafirmarse en su creencia colocándose en situaciones comprometidas, exponiendo sus debilidades ante los demás y señalando sus propias faltas con el fin de que dejaran de respetarle y le trataran del modo al que estaba acostumbrado. Recibir golpes y humillaciones formaba parte de su identidad y cuando no los recibía se sentía tan extraño que no sabía cómo reaccionar. Incluso, a veces, sentía miedo; por lo que rápidamente buscaba evidenciar sus limitaciones, sus fracasos y meteduras de pata. A fin de cuentas, tarde o temprano, acabarían fijándose en su piel y comenzaría la tortura. Prefería adelantarse y recibir todas aquellas vejaciones estando prevenido, pues cuando se confiaba, y le cogían por sorpresa, le dolían mucho más.

Un día, cansado de tanto sufrimiento, acudió a un viejo león, que tenía fama de mago, para que le librara de aquella esclavitud.

—Has empleado la palabra correcta: esclavitud —dijo el viejo mago león con voz solemne, aunque llena de cordialidad—. Pasemos dentro de mi cueva.

El león que se creía de peluche, y cuyo nombre era Alfonso, se sentó junto a la chimenea, frente al mago, en uno de los dos sillones, forrados con piel de cebra, embellecidos en aquel momento por la luz de fuego.

—Cuéntame tu historia desde el principio, desde cuando comenzaron a tratarte mal —dijo el viejo mago, llamado Baltasar, mientras atizaba las brasas y añadía más leña.

Baltasar escuchó atentamente las palabras de Alfonso, quien a medida que avanzaba en su relato se fue encogiendo en el sillón perdiendo su inicial aspecto regio que, en un abrir y cerrar de ojos, se había desvanecido tras pronunciar sus primeras palabras. Terminada su exposición, con voz serena, el mago le expresó su parecer.

—Te dije que habías empleado la palabra correcta —comenzó diciendo el mago—, pues realmente eres un esclavo. Pero no un esclavo al servicio de tus congéneres, como podría pensarse por lo que te ocurre, sino un esclavo de las creencias que instalaron en ti cuando eras sólo un cachorro, y que actúan como los barrotes de una prisión en la que se encuentra encadenado tu espíritu. Tú mismo alimentas a los guardianes y mantienes cerrada la celda.

—Pero ¿cómo y quién me puso esos barrotes de los que me hablas? —Pregunto el joven león, sin comprender aún las palabras del mago.
—Quienes debieron sembrar libertad, esperanza, fortaleza y valor en tu vida, pusieron en ti la semilla de todo lo contrario. Lo hicieron siendo víctimas de una enfermedad endémica que se llama ignorancia entre cuyos síntomas se encuentra la malicia.
—¿Y qué puedo hacer para destruir esos barrotes? —Preguntó el león Alfonso que comenzaba a entender a lo que se refería el mago.

—Yo te ayudaré, ya que nadie puede conseguirlo solo; pues es muy difícil ver una prisión que te permite ir de un lado para otro. Sobre todo, cuando sus barrotes son realmente invisibles —dijo el mago—. Sólo hay una condición: que confíes totalmente en mí. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Sí —contestó el león Alfonso sin vacilar.

—Levántate de tu sillón y sígueme hasta el fondo de esta cueva —dijo el mago—. Allí existe un túnel que nos conducirá hasta tu pasado.
El túnel era largo y oscuro, aunque se encontraba tenuemente iluminado por la luz las antorchas que colgaban de sus paredes, lo que le convertía en transitable; aunque en algunos tramos no se veía nada en absoluto.

Las fuerzas del león Alfonso, iban flaqueando en la misma medida que avanzaban. El mago Baltasar, que iba delante, notó su decaimiento sin necesidad de verlo; por lo que comenzó a infundirle ánimo con sus palabras.

—Es normal que te sientas intimidado —dijo el mago—; mucho más intimidado de lo que habitualmente estás. Estamos regresando a tu pasado y eso tiene consecuencias. Tu tamaño disminuirá y el espíritu del cachorro en el que te estás transformando acabará apropiándose del mando de tu ser. Tu conciencia podrá ver lo que realmente sucede, pero no podrás ayudarte a ti mismo.

—Pero ¿entonces…? —Preguntó el león Alfonso con un timbre de voz que delataba que se estaba convirtiendo en un cachorro.

—Yo estaré a tu lado para conducirte —dijo el mago Baltasar—. No podré protegerte físicamente, ya que sólo podrás verme tú; pero si sigues mis instrucciones lograrás desarrollar la fuerza que te negaron. Confía y podrás comprobar cómo descubres tu propia valía; y nunca más volverás a despreciarte ni a buscar que te molesten los demás.

Alfonso, el león, no estaba seguro de aquello fuera a funcionar, tanto más cuanto peor se iba sintiendo al regresarle unos recuerdos que, por dolorosos, había relegado al olvido.

—Nos acercamos al momento clave en el que se inició la construcción de tus barrotes, cuando te programaron para hacer que te creyeras un muñeco de peluche y no un león de verdad —dijo el mago Baltasar.

De pronto se vio cuando era solo un cachorrillo de unos meses. No había llegado a conocer a su padre y su madre acababa de morir en una cacería. De pronto se encontró al cuidado de su tía; una joven leona de la manada que ya tenía dos cachorros. Celosa por el pelaje aterciopelado de su sobrino, superior en belleza al de ella misma y al de sus propios hijos, comenzó a albergar inquina contra él. Era una leona muy superficial, amante de las apariencias y de talante mezquino, que utilizaba la malicia, como arma recurrente, para no sentirse inferior a los otros.

En aquel momento, el pequeño Alfonso se dirigía hacia donde se encontraban sus primos, que jugaban a pelearse con los otros cachorros de la manada.

—¿A dónde vas? —Le preguntó su tía con una voz chillona y un feo y marcado gesto de desprecio en su rostro— ¡Cuántas veces te he dicho que no puedes jugar con ellos! ¡No eres más que un muñeco de peluche! ¿A caso no ves tu piel?... Cuando ellos quieran vendrán a por ti y te tratarán como lo que eres… ¡Ni se te ocurra resistirte ni hacerlos daño!

Alfonsito se encogió y se puso triste, llegando con ello la debilidad. Aunque su tía se había ido, no se atrevía a moverse, pues carecía de valor para incumplir su orden, que un día tras otro le repetía.

—¿Por qué te has puesto triste? —Le preguntó el mago; aunque él ya lo sabía, pues había presenciado toda la escena.

—Mi tía me ha dicho que no soy como mis primos, ni como los demás leones… dice que soy un muñeco de peluche y que tengo que dejar que jueguen conmigo…

—¿Dice…? —Preguntó el mago con énfasis—. ¿Dice…? —Volvió a repetir.

—Dice que soy…

El león mago Baltasar no le dejó terminar la frase.

—¡La gente dice muchas cosas! —Exclamó—. Pero eso no significa que sean ciertas.

—¿Qué…? —Preguntó el león Alfonso sorprendido, al tomar conciencia de lo que hasta aquel momento él tenía por la verdad absoluta. Jamás se había cuestionado lo que ella decía; porque carecía de la suficiente experiencia como para hacerlo. A su edad, el mundo era tal y como los adultos decían que era; y sin nadie que lo desmintiera, pensaba realmente que era así.

—Haz una cosa —dijo el león Baltasar—: vas a fingir que la crees, y seguidamente vas a comprobar que lo que dice ella no es verdad.

—Pero ¿cómo puedo hacer eso?... Si se entera se enfadará.

—No te preocupes ahora por esa posibilidad… ¿También dice que se entera de lo que haces cuando ella no está? —Preguntó el mago retóricamente para que Alfonso se diera cuenta de que sólo eran cosas que ella decía; sin más valor que el que opina sobre el tiempo que va hacer al día siguiente y alguna vez acierta.

—Mira tus zarpas —dijo el mago Baltasar— ¿Qué ves?

—Veo unas zarpas blandas y pequeñas, que no pueden hacer daño ni a una mosca… no sirven para defenderme.

—Imagino que eso te lo dicho alguien que yo me sé… —dijo Baltasar— ¡Eso que has afirmado no es verdad! Tus zarpas son como las de tus primos. Lo que sucede es que ella te ha hipnotizado con sus palabras…las palabras tienen mucho poder… Haz un poco de presión en el centro.

Para su sorpresa, se dio cuenta de que al presionar aparecían unas uñas similares a las de todos los de su especie. ¿Pero cómo no lo había visto antes? ¿Tanto poder tenía su tía como para anular un reflejo que era totalmente natural en un león? Quizá, como dijo Baltasar, realmente las palabras tenían poder.

—Debes hacer como que no has descubierto nada —continuó instruyéndole el mago—, pero cuando vuelvas a jugar con tus primos y el resto de tus amigos, recuerda que puedes sacar las uñas. Si alguien juega a arañarte, aráñale en silencio con la misma fuerza con que lo haga él. Seguramente se sorprenderán, pero tú actúa como si no hubieras hecho nada. Guarda silencio. Qué no sepan de dónde viene tu poder.

Y desde entonces así lo hizo. Aprendió a fingir que creía a su mezquina tía ignorante, enferma de envidia. Ante ella se mostraba tranquilo, quieto y obediente; pero cuando ella se iba ya no esperaba a que sus primos lo buscaran para jugar; comenzó a tomar la iniciativa. Sus compañeros de juegos, acostumbrados a maltratarle sin que se defendiera, se llevaron una gran sorpresa cuando vieron que sus zarpazos tenían consecuencias. Además, ya no lloraba o se escondía en un rincón cuando iban a por él, sino que se enfrentaba con fuerza y en silencio; lo que les asustaba todavía más.

Un día, cansados de llevarse la peor parte en los combates, sus primos le dijeron que había cambiado, que ya resultaba divertido jugar con él y que se lo dirían a su madre. Alfonso se asustó y aprovechando ese momento de debilidad su primo menor le dio un fuerte zarpazo en la cara abriéndole una ceja.

—¡Tranquilo! Deja que se vayan y escúchame —le dijo el mago Baltasar—. Date cuenta de que a pesar de que ahora tus primos y sus amigos suelen llevarse su merecido, siguen jugando contigo, ¿no es cierto? Antes te dejabas hacer todo tipo de perrerías, porque te lo decía tu tía, pero también porque no querías estar sólo. Nadie puede estar siempre solo y sentirse bien. Aprendiste que para que los demás te quisieran y estuvieran contigo debías permitirles que te hicieran daño, ya que si no te dejabas no estaban contigo. Así que tienes asociado compañía a maltrato y respeto a soledad. ¡Todos necesitamos y buscamos compañía!, pero no a ese precio tan caro.

 Alfonso se preguntó por qué no paró Baltasar el ataque de su primo, hasta que recordó que era invisible y no podía ayudarle de ese modo.
—Déjalos que se vayan y que le digan a su madre lo que quieran —dijo Baltasar—. Ahora debes centrarte en pensar que eres un felino.

—Lo sé, pero no te entiendo mago Baltasar —dijo el leoncito Alfonso con una mueca de confusión, mientras se limpiaba la sangre, que corría por su cara, con el dorso de su zarpa.

—Permítete perder esta batalla… y todas las que sean necesarias —continuó diciendo Baltasar—. Un felino es astuto por naturaleza. Deja que tu astucia fluya hacia la exterior. Cuando venga tu tía, compórtate como siempre: temeroso, acomplejado y pequeño. Pero cuando se vaya, ahora que sabes cómo hacerlo, pelea con tus primos y sus secuaces hasta hacerlos realmente daño, pero no les dejes marcas como la que te han dejado ellos a ti… Si volvieran a buscar el apoyo de tu tía, vuelve a reaccionar ante ella como el muñeco de peluche que dice que eres y después vuelve a la carga con más fuerza. Ella dejará de creerlos, además, le molestará que la interrumpan en su descanso y acabarán recibiendo una ración extra de castigo.

Y eso fue lo que hizo. Al ver su tía que Alfonso estaba herido y que se comportaba con la sumisión a la que estaba acostumbrada, le costó creer a sus hijos; aún de ese modo, no se ahorró palabras intimidatorias hacia él.

—Si mis hijos vuelven a quejarse de ti —dijo su tía— estarás un día sin comer y dormirás en la bodega, entre las cosas inservibles. Vete al rio y límpiate esa sangre apestosa con la que estás ensuciando el suelo de mi casa.

Tal y como le indicó el mago Baltasar, en cuando se marchó su tía, que era realmente quien le intimidaba, cargó contra aquella pandilla de matones. Era mucho más ágil que ellos y aunque de la misma edad, pareció aumentar su tamaño, cuando lanzó su ofensiva. Aquellos cobardes, que no estaban acostumbrados a que reaccionara de aquel modo, se asustaron de verdad ante unas fauces abiertas y amenazantes, pero silenciosas. En vez de enfrentarse a él, salieron corriendo, aunque de nada les sirvió. Desperdigados por la sabana, les fue dando caza uno a uno procurándoles su merecido.

Cuando llegó la caída del sol, todos estaban de nuevo en casa. Alfonso, ante la presencia de su tía, de nuevo se hizo el asustadizo, y sus primos, amedrantados por primera vez, no dijeron nada.

Poco a poco, Alfonso fue haciéndose un hueco entre los leones jóvenes, dónde comenzaron a apreciarlo de verdad y respetarlo como un líder indiscutible. Su pelaje era cada día más fuerte y más hermoso, lo que le hacía destacar sin proponérselo. Sin embargo, delante de los adultos, sobre todo delante de su tía, aún no se sentía totalmente seguro, pues ella no había perdido su capacidad para intimidarlo.
—Debes dar un paso más —dijo el mago Baltasar.

Baltasar sabía que la nobleza del joven león Alfonso le impedía faltar al respeto de sus mayores y en especial de su tía, pues era quien le había alimentado desde que murieron sus padres. Él pensaba que la educación, los años y la experiencia de ella, era lo que dictaba su forma de comportarse con él. Que, de algún modo, que él no comprendía, todo lo que le decía y el trato que le daba eran por su bien. Sabiendo, por su magia, lo que pensaba Alfonso, Baltasar le instruyó de nuevo.

—Es cierto que la edad, aporta experiencia y en algunos casos sabiduría —continuó diciendo el mago—; pero raro es el que, siendo infame de joven, no continúa siéndolo de mayor. Tendrá mucha más experiencia, no lo discuto, pero en ser más artero y mezquino de lo que fue en su juventud. Piensa qué harías tú con alguien que hubieran puesto a tu cuidado; cómo lo tratarías; y si llegas a la conclusión de que no lo harías del modo que ella lo hace contigo, deberás obrar en consecuencia.

— ¿Y sí me equivoco? ¿No podrías decirme tú, que eres capaz de conocer los pensamientos de la gente, si ella ha obrado mal conmigo sabiendo lo que hacía? —Preguntó el joven Alfonso más asustado por el peso de su conciencia que por el castigo al que podía verse expuesto si fracasaba en el enfrentamiento con su tía.

—Casi nunca nos equivocamos si escuchamos al corazón —dijo Baltasar—. El verdadero problema reside en que admitir ciertas verdades nos obliga a actuar en consecuencia. La mayoría de la gente prefiere mirar hacia otro lado y aguantar cargas que no le corresponden, con tal de no hacer el esfuerzo que cambiaría su situación. Es más fácil seguir siendo una víctima que tomar las riendas de la vida. A fin de cuentas, uno se acostumbra a todo, incluso a que le apaleen a diario.

Alfonso, el león, sabía que era cierto. Al día siguiente, su tía esperó como siempre a que terminaran de comer sus dos hijos para darle las sobras a su sobrino Alfonso. Cuando se quedó a solas con ella, en vez de comer con la actitud sumisa que era habitual en él, se sentó sobre sus patas traseras y la miró fijamente.

Su tía, que apenas se molestaba en dirigirle la mirada habitualmente, puso su atención sobre él. Sin duda había crecido, pensó; incluso parecía más grande que sus hijos. Le veía distinto, pero no sabía en qué.

—¿Es que hoy no piensas comer? —Preguntó con el mismo tono despectivo con el que acostumbraba a tratarlo.

— Ya que no puedes quererme, te pido que me trates con el mismo respeto que lo haces con tus hijos —dijo Alfonso con todo el aplomo que fue capaz de reunir, manteniendo la voz firme y serena junto su postura erguida.

— ¡Serás… desagradecido! —dijo su tía remarcando cada sílaba de sus palabras, totalmente enfurecida, al tiempo que alzaba su zarpa para golpearle en la cara.

En silencio, esperando la embestida, y apenas sin esfuerzo, para sorpresa de él mismo, apartó la zarpa de tu tía con una de sus afiladas garras causándole una gran herida en la pata. Asombrada por su fuerza y asustada, se echó hacia atrás para volver de nuevo a la carga. Alfonso no se movió, simplemente rugió de tal modo que no solo temblaron las paredes de la casa, sino que también llegó a los mismos confines de la sabana, haciendo que todos los seres que la poblaban dirigieran su mirada hacia allí. Aterrorizada, con su cuerpo agazapado, comenzó a caminar hacia atrás, aunque sin perder el contacto visual con su sobrino. Como último recurso ella utilizó su voz; sabía las palabras que tenía que decir para que Alfonso se encogiera y se mostrara como lo que ella pretendía que fuera.

—Ese rugido se apagará —dijo ella clavándole los ojos— no eres más que un muñeco de trapo… ni siquiera eres ya de peluche… —añadió, con una voz cargada de veneno, sin dejar de reptar hacia atrás hasta arrinconarse ella misma.

No entendía como sus palabras ya no hacía mella en él, como lo venían haciendo, incluso, hasta el día anterior; cuando habían producido su efecto satisfactoriamente. Alfonso se levantó y caminó hacia ella; bastó un leve rugido para que su tía se callase. Cuando intentó continuar con sus sugestiones, le clavó una de sus uñas entre los labios, aprisionándolos. Después, con una cuerda, que casualmente se encontraba en el suelo, se los ató.
 
Ella dejó de moverse. La mirada que vio en su sobrino la paralizó. De pronto vio tras ellos los ojos de su cuñado y la mirada de su propia hermana acusándola de impiedad para con su hijo.

Alfonso la obligó a meterse en la bodega. La cerró y salió como cualquier otra tarde a pasear hasta la hora de la cena. Aquel día regresó un poco antes y él mismo dispuso la carne en la mesa. Cuando llegaron sus primos se sentaron a comer. Para su asombro, Alfonso se sentó con ellos. Se miraron entre sí y rugieron, aunque débilmente, llamando a su madre. Alfonso comenzó a comer. Sabiendo de primera mano cómo se las gastaba su primo, ni se atrevieron ni a soplarle. Al ver que su madre no venía, comenzaron a comer junto a él.

Al día siguiente Alfonso hizo lo mismo. Sus primos no dijeron nada. Mientras no faltase la comida, parecía no preocuparles la ausencia de su madre. Antes del anochecer, Alfonso sacó a su tía de la bodega, le quitó la cuerda de la boca, curó sus heridas y le dio de comer. Todo, sin decir una sola palabra. Su tía entendió su mensaje y habiendo recapacitado sobre su conducta ni siquiera se quejó. Preparó la mesa para todos y no sirvió la comida hasta que no estuvieron todos sentados.

Después de aquel día, Alfonso ya no fue el mismo. No tenía que hacer nada para que le respetaran. Bastaba una mirada o ni tan siquiera eso, para que se apartaran a su paso. Fueron muchos los que empezaron a pensar, que cuando fuera un león adulto, sería un firme candidato a dirigir la manada.

Puesto que ya estaba hecho lo que habían ido a hacer allí, el mago Baltasar pidió al joven Alfonso que le acompañara de regreso a casa a través del túnel por el que habían ido hasta el pasado. Cuando se encontraron frente a la chimenea, el propio mago se llevó una sorpresa superlativa. Alfonso se había transformado en un león majestuoso con una larga melena y un pelaje fuerte y brillante.

—Mírate en el espejo que hay tras de ti —le pidió Baltasar, que reconoció sentirse intimidado.

—¿Cómo he podido cambiar de este modo, si apenas hemos estado unos días en el pasado? —Preguntó con la voz pausada y un aplomo que, aunque hasta aquel momento no había tenido, ahora le resultaba familiar.

—Ni siquiera hemos estado unas horas —contestó el mago Baltasar— y tampoco hemos salido de esta cueva.

—Explícamelo, por favor —pidió Alfonso en un tono respetuoso; aunque no falto de una autoridad que no nacía de su deseo sino de una condición innata que simplemente reclamaba su lugar, sirviéndose de sus palabras.

—Ese túnel no conduce a la sabana sino al interior de tu mente. Todo ha sucedido allí, pero, como puedes observar, ha tenido repercusiones fuera.

—Pero, … si en realidad ha sido así, … ¡no ha ocurrido nada salvo en mi imaginación! —Dijo el león Alfonso, tratando de entender la experiencia por la que había atravesado.

—Las verdaderas batallas… se pierden o se ganan en la mente. Con las instrucciones adecuadas, que en su momento tú no tuviste, ahora has ganado… Entrando en nuestra mente tenemos el poder de cambiar el pasado, afectar al presente y programar nuestro futuro. La prueba eres tú —dijo Baltasar absolutamente convencido—. No necesitas saber de qué modo sucede, basta con que sepas que sucede y lo compruebes por ti mismo.

—Estoy en condiciones de confirmarlo —dijo Alfonso poniéndose en pie para caminar hacia la puerta—. Antes de que se ponga sol, te traeré una recompensa por tu trabajo.

Alfonso salió a la sabana de la que apenas unas horas antes había huido tembloroso buscando ayuda. Nada parecía haber cambiado salvo la actitud de los demás cuando se cruzaban con él. Lo más extraño era que todo le resultaba muy natural. Nadie se extrañó de su nueva presencia: subyugante y cautivadora, como si siempre hubiera sido así. Ni siquiera él mismo se extrañó. Uno de sus primos, al cruzarse con él, le pidió que acudiera a la asamblea, donde esa noche iban a decidir a quién prepararían, en los meses sucesivos, como heredero a la jefatura de la manada. Nadie tuvo dudas a la hora de elegir. Ni siquiera su tía, que presentaba unas extrañas cicatrices en los labios que, hasta aquel preciso instante, no se había dado cuenta que tenía.

Fin

Por Valentín Martínez Carbajo.

cenefa inferior, Alfonso, el león.


Escritor Valentín Martínez Carbajo                ©Salamandra DG Web
Escritor Valentín Martínez Carbajo   ©Salamandra DG Web