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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Espiritualidad
Valentín Martínez
Sobre la predestinación
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MEDITACIONES. Sobre la predestinación.
 
Si tuviera que hacer un resumen de lo que he aprendido en esta vida es que nadie puede hacer nada distinto a lo que está haciendo. La voluntad es una quimera. Somos piezas móviles de un puzle que tienen muy poco recorrido a excepción de algunos casos en los que estaba previsto que fuera de otro modo. ¿Por quién estaba previsto? Lo ignoro. Lo mismo que ignoro quien creó ese puzle y sus motivaciones.
 
Mi vida ha sido una lucha permanente contra mi destino. Un destino solitario y falto de recursos. No tan falto como para impedirme pensar, pero si para poder prosperar y rodearme de un entorno que solo existe en mis sueños; aunque para muchos otros sea una realidad.
 
Creo que lo he intentado todo. He puesto en práctica mil y un remedio, mil y una fórmula, he acudido a médicos y a curanderos, he rezado, me he flagelado con el sentimiento de culpabilidad por no hacer más de lo que he hecho, por no haber obtenido mejores resultados en mis proyectos. Pero todo ha sido inútil.
 
Desde esta mísera atalaya a la que he llegado observo que nadie es culpable de ningún crimen. Suena horrible, pero esa es la realidad que veo. Si hay posibilidad de luchar contra ello no será desde la acción física, a través de las manos o de la fuerza sino de un modo que aun intuyendo que existe, no tengo acceso a él.
 
Hace ya casi veinte años me sentía prisionero de un pasillo con paredes de un cristal totalmente invisible pero impenetrable. Veía otros caminos a parte del mío, pero me era imposible dirigirme hacia ellos, solo los podía mirar.

Es cierto que me he liberado de algunas cadenas, de algunos grilletes y bolas carcelarias, pero en lo fundamental, sigo padeciendo la limitación mayor de todas: poner en práctica mis proyectos, trabajar sobre mis ideas y sacarles algún beneficio. Puedo pensar y escribir lo que escribo, pero no puedo hacer otra cosa. Una fuerza que no comprendo me mantiene en esta actividad. También hay una pasividad, sobrecogedora, que relleno con distracciones que van desde la lectura, la escritura, escuchar las tertulias políticas o simplemente no hacer nada y observar el malestar físico de mi cuerpo que parece rugir por el dolor que le produce su cautiverio.
 
Me pregunto si hay esperanza. Si algún día todo cambiará. Es como la esperanza de quien espera que la lotería cambie su suerte económica; aunque en este particular caso que ahora me ocupa, el premio sea la sensación de tranquilidad, la claridad en mi inteligencia y la motivación suficiente como para poner en marcha a todo mi ser y conjuntarlo en una meta que sé que es posible. Es tan poca cosa lo que pido… Solo pido poder hacer, poder trabajar, poder librarme de las cadenas de mi acedia. Una acedia impuesta, no buscada ni querida ni alimentada. Una acedia que es mi prisión sin barrotes, porque con ella no son necesarios.
 
Quizá sea esa mi enseñanza. El orgullo de haberlo tenido todo en un remoto tiempo y lugar inimaginable y atribuirlo a mis méritos. De ahí que mi vida, aquí y ahora, en este tiempo y lugar, haya sido una negación constante y absoluta de todo ello.
 
¿Pero cuál es el beneficio o la ganancia de darme cuenta de ello? ¿Por qué quien me trajo hasta aquí, quien me puso en este mundo quiere que me dé cuenta o permita que me dé cuenta de que la vida es así?
 
Tal vez si lo asimilara totalmente viviría con mayor paz, con menos miedos, menos angustia, pero… ¡qué va! Ahora no vivo de ese modo. Aunque no rechazo absolutamente que eso sea posible en algún momento.
 
Si nada es dirigido por nadie ¿No te das cuenta de que no existen o no tienes enemigos en el sentido de hacer lo que hacen de forma premeditada?
 
No necesitas enfadarte con ellos. Ya que son solo instrumentos. Quién los maneja y por qué, no puedes saberlo. Al menos de manera inmediata, así que medita sobre ello.
 
Nadie te está haciendo daño de forma deliberada. Son tan víctimas de sus actos como tú del dolor que te causan con su ataque.
 
Todo esto debería llevarte a una aceptación profunda y natural de las condiciones en las que vives en este mundo. No eres culpable de nada, no eres merecedor de nada porque tú no haces nada para que las cosas ocurran, pero a cambio tampoco estás obligado a nada. No tienes por qué fustigarte por no hacer. Un “no hacer” que no es cierto del todo, pues estás haciendo muchas cosas, aunque no sean las que realmente deseas.
 
Tu falta de libertad, si es que temieras por eso, te impedirá hacer cosas horribles que nunca hayas hecho. También te impedirá quedarte en la cama sin levantarte por que no tendrás esa opción. No tendrás opción de matar si no está en tu destino, ni tendrás opción de evitar convertirte en malhechor, si eso no formara parte del rumbo o el plan señalado o marcado para tu existencia en esta vida y en este mundo.
 
Esta aceptación es imposible si la convicción que ahora tienes de la vida. No obstante, como diría Lao Tse: ahora olvídalo.
 
Pero antes, me atrevería añadir, trata de sacar a este hecho algún partido. Por algo se ha puesto ante ti de manifiesto con esta claridad prístina.
 
Valentín Martinez Carbajo