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Valentín Martinez Carbajo
El sentido del dolor emocional
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El sentido del dolor emocional
 
Siempre he mostrado mi admiración por la perfección inherente a la vida, a la naturaleza; por la complejidad de todo lo que forma parte de ella y las precisas interrelaciones de unos elementos con otros para que esta se dé. Si nos paramos a pensar en uno de esos elementos como puede ser el ser humano, vemos que su constitución es tremendamente compleja. Simplificando podríamos decir que en ese elemento existen multitud de otros elementos tan enrevesadamente complicados que hacen del conjunto una especie de obra de ingeniería biológica que todavía no hemos sido capaces de descifrar totalmente.
 
Ante esta perfección aparecen una serie de aparentes accidentes puntuales que condicionan a algunas personas a algún tipo de enfermedad, malformación física o disfunción mental que impedirán que el individuo pueda tener una vida totalmente funcional y pueda relacionarse con su entorno sintiéndose totalmente integrado en él y disfrutando del amor, la felicidad y la abundancia que resulte del fruto de su actividad y su capacidad para sacar adelante sus planes.
 
 En esta reflexión quiero centrarme en las disfunciones psicológicas fruto de la falta de acogida por parte de los padres hacía con los hijos cuando llegan a este mundo, la falta de amor hacia ellos (por las circunstancias que sean, no se trata de juzgar), la inatención a sus necesidades tanto físicas como emocionales, etc. Todas estas y algunas más son consideradas maltrato ya sea físico o psicológico y marcarán al individuo de un modo o de otro, en una u otra esfera de su existencia generalmente de por vida, impidiéndole relacionarse con otros individuos de una manera saludable, crear su propia familia, o desarrollar unas habilidades que se encuentran de una manera manifiesta dentro de él, pero que frustrará inconscientemente porque no se siente merecedor de su particular talento o simplemente piense que lo que hace no tiene ningún valor y se encargará de desmerecerse e incluso encontrar acomodo profesional en puestos que no requieren de una especial preparación y, en consecuencia, se verán deficientemente remunerados y socialmente nada reconocidos.
 
Lo lamentable de todo esto es que el mecanismo que te lleva hacia la culminación de una vida plena en afectividad, en inquietudes personales y un trabajo satisfactorio se podría decir que es el mismo, y tiene la misma complejidad, que el que te hace llevar una vida afectivamente pobre, profesionalmente deficiente y socialmente excluyente.
 
Y ahora viene la pregunta del millón: cómo una súper inteligencia tan excelsa que ha sido capaz de crear la desbordante maquinaria del universo junto a los intrincados mecanismos de la vida, cómo un dios, por identificarle con algún nombre, que ha ideado un cosmos que se escapa tanto a nuestra admiración como entendimiento, no ha creado un “pequeño parche” en nuestro psiquismo, que ante una crianza deficiente impida que se creen heridas (traumas) que condicionen de por vida al individuo a llevar una existencia tortuosa y en la mayoría de los casos sin más esperanza que la  que le proporcionen algunas sustancias que le aturdan y amortigüen su dolor.
 
Creo que si esa inteligencia, o dios, no lo ha hecho, no ha sido por falta de capacidad o perspectiva. Es porque tenía previsto que fuera así. No se trata de ningún accidente, de ninguna falta de previsión. Somos susceptibles de ser heridos profundamente en las primeras etapas de nuestra vida porque está prevista esa posibilidad. Sin duda es necesaria una visión de conjunto desde un ángulo o atalaya que resulta imposible llegar para el ser humano con el fin de poder explicar el porqué de todo el dolor que estas circunstancias nos causan. No obstante, razonable o racionalmente no encuentro otra explicación.
 
Creo que la vida en este mundo no tiene nada de accidental. El dolor no es accidental, las frustraciones no son accidentales, ni el crimen, ni la guerra. Sea quien sea la Fuerza que creó este mundo hizo por algún motivo que fuera así; por alguna razón, por alguna finalidad que quizá no lleguemos a entender nunca.
 
Toda mi vida he pensado que todos los problemas que tenía eran para fortalecer mi espíritu. Que el sentido de mi fatalidad era ese. Creo que al menos yo, no voy a ser capaz de encontrar una respuesta al dolor global o a dolores particulares que ni me atrevo a pensar en ellos. No obstante, creo que quizá no podemos atisbar la respuesta al nuestro, sin antes haber curado nuestras heridas hasta el punto de que el dolor que nos producen no sea capaz de nublar nuestra lucidez y nos permita razonar y hablar con nosotros mismos hasta encontrar una respuesta.
 
Una vez que hemos descubierto que caminamos con las mismas yagas que la mayor parte de nuestros congéneres, descubramos alguna respuesta. A estas alturas de mi vida no creo que sea posible hacer que desaparezcan las heridas más profundas y el dolor que llevan aparejado –aunque hay que intentarlo sin desmayo-, sino darle un sentido. No quiero que suene a derrotismo, pero sea lo que sea lo que encontremos siempre tendremos la duda de haber acertado.
 
Por mi parte, mi conclusión es que no ha existido un error o accidente que haya provocado todas mis heridas y las limitaciones vitales que me han acompañado como consecuencia de ellas. Mi vida ha sido tal y como tenía que ser. Mis yagas han sido las que tenía que curar junto con el dolor que debía padecer y que por momentos aún padezco. Hasta ahí llega mi conclusión y entendimiento. Si mi conclusión es acertada, la vida es tal y como debe ser, aunque desconozco el motivo. Desde este punto de vista, el destino no es algo arbitrario o absurdo, pero el sentido último evidentemente se nos escapa.
 
 
Valentín Martínez Carbajo