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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Relato
Valentín Martínez Carbajo
El robot que alcanzó la iluminación
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El robot que alcanzó la iluminación
 
Un inventor de autómatas creó un robot con la altura de un jugador de baloncesto, la fuerza de un levantador de pesas, un cociente intelectual superior a la media y una memoria fotográfica con la que recordaba hasta el más mínimo detalle. También le dotó de una gran energía, y aunque tenía que recargar su batería todas las noches, era capaz de trabajar al cien por cien hasta el último segundo. Lo único que tenía que hacer para aprender era ver y escuchar todo lo que sucedía a su alrededor.
 
El inventor quería que le sirviera de traductor e intérprete, así que los programas que le había instalado, estaban especialmente preparados para captar los acentos y matices de los distintos idiomas que se hablan en el mundo; lo que le obligó a dotarle también de la capacidad para razonar.
 
Para que aprendiera esos idiomas le fue dejando en familias de distintos países que se destacaban por hablar su lengua con corrección, llevaban una vida tranquila y se podían permitir dedicarle algún tiempo de calidad, ya que nuestro robot necesitaba interactuar con ellos.
Al tiempo que aprendía con especial habilidad y atención los idiomas, también se instruía sobre cómo debía comportarse con los demás; simplemente por imitación. Con el tiempo fue capaz de actuar como los humanos y tomar decisiones ventajosas por su cuenta. Esa era la idea de quien le inventó: que no tuviera que preocuparse de él.
 
Después de unos años, el robot ya no necesitó de más aprendizaje y pudo comenzar a realizar su función. Debido a su capacidad y amplia formación, organismos internacionales de todo tipo contrataron sus servicios y fue capaz de generar grandes ingresos que almacenó en la cuenta de un banco de su elección.
 
Pasados los años el creador del robot le visitó para reclamar el beneficio de su creación.
 
—   ¿Qué desea usted? —Le preguntó el robot.
 
—   Vengo a por el dinero que has ganado hasta ahora —contestó su creador—. Después me marcharé y no te volveré a pedir más.
 
—   ¿Y por qué habría de dárselo? —Dijo el robot—. Estuve años esforzándome por aprender mi trabajo, fue gracias a mi inteligencia que lo aprendí, yo elegí las empresas que pagaron mejor mis servicios y gracias a mi capacidad para razonar invertí el dinero que gané, y hoy día está quintuplicado. ¿Por qué habría de darle algo que gané yo? No le debo nada a nadie, porque nadie me ha dado nada; todo es mérito mío.
 
El creador del robot no se enfadó, sabía que iba a responderle de aquel modo ya que al tiempo que aprendía idiomas, se iba   auto programando con el modo de pensar de los seres humanos con quienes se relacionaba. Al haberle dotado de un buen programa para razonar, también sabía que, si argumentaba con él adecuadamente, no tendrían ningún problema para obtener lo que por derecho le correspondía.
 
—   Dices que todo es mérito tuyo.
 
—   Así lo creo yo. Todo lo que he logrado lo he conseguido por mí mismo.
 
—   ¿Podrías decirme que hiciste tú para tener el cuerpo que tienes?
 
—   Es evidente que no hice nada, es el cuerpo con el que “naci”; el cuerpo con el que me he esforzado.
 
—   ¿Cuándo te dotaste de tu capacidad de esfuerzo?
 
—   Yo no me doté de ella, estaba en mí y la utilicé gracias a mi inteligencia, de la que hice uso estudiando idiomas.
 
—   Dices que no te dotaste de tu capacidad para el esfuerzo… ya vas reconociendo algo; ¿pero dime, ¿cómo decidiste dotarte de una inteligencia que es capaz de utilizar los recursos de su cuerpo y además tener una especial habilidad para los idiomas?
 
—   Yo no me doté de ninguna inteligencia, ni tampoco tengo capacidad para modificarla; nadie es capaz de hacer ese tipo de cosas; también se encontraban ya en mí.
 
—   ¿Crees que serías tan bueno haciendo cálculos matemáticos cómo hablando idiomas?
 
—   Nunca me han llamado la atención los números, no los manejo tan bien como las palabras.
 
—   ¿Entonces, fuiste tú quien decidió tener la destreza especial que tienes para las lenguas?
 
—   No —contestó lacónicamente el robot, que comenzaba a comprender a que se estaba refiriendo aquella extraña visita.
 
—   Dime, ¿qué hiciste para llegar hasta la primera familia con la que comenzaste a aprender tus primeras palabras?
 
—   Nada… también se podría decir que “nací” en ella.
 
—   ¿Y dónde estabas antes de “nacer”, como tú dices?
 
No hubo respuesta.
 
— Amigo, tú eres mi creación. Si es que existe en tu vida algún mérito este ha sido mío. Antes de “nacer” te encontrabas en mi mente. Fui yo quien te dotó de un cuerpo y te puso aquí. Tú te has limitado a dejar que funcionaran los programas que yo instalé en ti. Toda tu vida y existencia se ha desarrollado por sí misma. Estabas programado para hacer lo que has hecho. Un humano diría que estabas predestinado y no tenías otra elección.
 
— ¿Por qué no has creado una gran empresa con tus ganancias? Pareces tener capacidad para hacerlo —dijo el inventor.
 
— No está en el rango de mis intereses.
 
— ¿Elegiste tú mismo tus intereses?
 
— No los elegí yo… creo… que ya se encontraban en mí. Los fui descubriendo poco a poco... Entonces…
 
— Entonces tu vida se ha vivido por sí sola. Con la mía sucede algo parecido; aunque yo todavía no he podido hablar con mi “creador” y desconozco qué será lo que me pida.
 
— No me preguntes más. Comienzo a comprender quién soy yo. En un instante te daré todo lo que es tuyo.
 
— ¿No tienes miedo a quedarte sin recursos?
 
— Dejaré que me siga viviendo la vida que creaste para mí. Incluso lo haré de un modo más “relajado” —se permitió ironizar el robot—. Pues ahora sé que no debo preocuparme de nada, por la sencilla razón de que yo no hago nada. Veo que todo se hace por sí solo.
 
— Gracias por entregarme mi dinero.
 
— Gracias a ti por dotarme de esta visión. Ahora seré el testigo de mi vida y no gastaré energía en razonar más de lo necesario, porque ahora sé que sucederá lo que esté escrito en mis programas. Acabo de descubrir… lo que los humanos llamáis paz.
 
— Y yo acabo de descubrir a “mi hijo amado, en quien tengo mi felicidad”. Quizá con el tiempo entiendas que en ti vive una parte de mí, que en realidad es lo que te impulsa a moverte. Observa el contenido de tus programas y tal vez me acabes comprendiendo. Quién sabe… incluso consigas no solo mejorar esos programas, sino que también logres reprogramarte. En realidad, al igual que tú, yo tampoco decidí crearte, descubrí que en mí vivía esa inquietud. En consecuencia, tampoco el mérito es mío y no tengo ningún derecho a pedirte nada.
 
— No importa —dijo el robot—, te daré lo que me has pedido... Namaste.
 
— Namaste —contestó su creador.
 
Valentín Martínez Carbajo