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Ser Gay. Dejé unas notas para ti.   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Dejé unas notas para ti
Valentín Martínez
4.- Ser gay. La dificultad para aceptarse uno mismo.
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La dificultad para aceptarse uno mismo.

 
El hecho de que al descubrir la homosexualidad en uno mismo no podamos aceptarnos del mismo modo que uno acepta su color de ojos o de pelo, no se debe a un impulso razonado sino a la presencia de un miedo irracional frente a lo que descubrimos en nosotros, que nos incita a silenciar lo que somos, sin que podamos explicarnos exactamente el porqué. Este miedo nace del instinto más poderoso que se encuentra en la naturaleza humana: el instinto de pertenencia.
 
Necesitamos pertenecer a un grupo para poder sobrevivir e instintivamente sabemos que si nos apartan prematuramente de él es posible que no lo consigamos. Ese grupo está formado inicialmente por la familia en la que nacemos, pero nuestras relaciones se extienden mucho más allá, pues somos seres sociales y vislumbrar la posibilidad de que nos aparten de nuestro entorno social puede hacernos entrar en pánico ya que es a través del grupo, ya sea familiar, laboral o de carácter amistoso, donde encontramos los elementos indispensables para la vida; desde el alimento material, imprescindible para nuestro cuerpo físico, como el alimento afectivo, imprescindible para nuestro equilibrio psíquico, anímico o emocional.
 
Darse cuenta de este hecho, a menudo sirve para romper “el maleficio”, es decir ese temor visceral que nos paraliza. Cuando identificamos los impulsos, poniéndolos nombre o simplemente observando su origen suelen perder su fuerza y nos permiten pensar, y al pensar podemos desarmarlos y hacer que no ejerzan una presión hostil en nosotros mismos y en nuestra conducta; aunque cierta presión permanecerá.
 
Que a uno le apoyen sus padres en la aceptación de su homosexualidad, no es suficiente para aplacar ese temor que nace del instinto que nos incita a agruparnos para facilitar nuestra vida como seres humanos y también nos incita a buscar el afecto como modo de generar vínculos entre nosotros. Buscamos vínculos en nuestro entorno estudiantil, lugar donde hacemos los primeros amigos, en nuestro entorno profesional o laboral, entre nuestros vecinos etc.; pues es a través de estos vínculos como vamos a poder desarrollarnos como personas, como seres sociales que somos. Es al socializarnos cuando vamos a lograr alcanzar nuestra plenitud como seres humanos; y es cooperando con la sociedad en la que vivimos dónde vamos a encontrar los recursos que necesitamos para mantenernos, para sobrevivir.
 
El miedo inicial es instintivo y nace como una voz de alarma ante una situación que puede situarnos en un escenario complicado. Contemplar la posibilidad de que te dejen al margen pone en marcha el instinto de supervivencia, por lo que de manera inconsciente se teme no por la posibilidad de perder algún tipo de privilegio, sino por perder algo tan básico como la propia vida. La autosuficiencia total es una utopía.
 
Al mismo tiempo, no es raro formar parte de entornos sociales donde la homosexualidad sea reprobada y donde a los homosexuales se les ridiculice o, como decía en el prólogo, exista licencia incluso para la agresión física o verbal. Si a alguien le educan con la consigna de que un tipo de comportamiento sexual es inapropiado y a quien lo practica se le debe castigar o apartar ¿cuál puede ser la reacción emocional cuándo uno descubre en sí mismo que aquello que repudian las personas que le dan sustento y a las que quiere, forma parte de su naturaleza o su forma de ser?
 
Es posible que, como sucede con ese miedo atávico del que hemos hablado, tampoco se identifique el sentimiento paralizante que nos invade cuando pensamos, como consecuencia de los mensajes que recibimos de nuestro entorno, que, al ser homosexual, estamos cometiendo alguna falta, que tenemos alguna carencia, alguna deficiencia, que no somos o no estamos a la altura de los demás. Al pensar en nuestra homosexualidad es posible que en ese momento nos consideremos pequeños, nos oprima nuestro pecho, nos sintamos vulnerables, desprotegidos, sin fuerza, con un dolor tanto físico como emocional. Estas reacciones son consecuencia del sentimiento de la vergüenza. El pensamiento que subyace a la vergüenza es el de sentirse inadecuado: uno llega a creer que no tiene derecho a pertenecer al grupo social en el que desarrolla su existencia o, tal vez no debería existir. (Norberto Levy, La sabiduría de las emociones)
 
La vergüenza es un sentimiento poderoso y complejo. Uno se siente tan mal cuando se avergüenza por pensar que ha cometido algún error o alguna falta, que sólo quiere huir de ese sentimiento que le produce reacciones involuntarias, como el enrojecimiento de la cara, en un caso leve, o una sensación de parálisis, en uno más grave, que incluso le impide moverse o actuar. Uno no quiere profundizar en ello, principalmente porque no sabe realmente lo que le está sucediendo y la sensación de malestar es tan intensa que únicamente quiere que desaparezca. Uno de los mecanismos de defensa que actúa de manera instintiva, o como un automatismo, es el de la evitación. Evitamos abordar el tema de la vergüenza, huimos de él negándonos a abordar la causa de lo que nos produce malestar, debilidad, dolor emocional; es decir, vergüenza.
 
La clave está en darse cuenta de cuál es el pensamiento que subyace, cual es el pensamiento que provoca esa reacción que nos impide actuar, que nos impide aceptarnos tal y como somos. Si escuchamos el mensaje de que ser homosexual es algo inadecuado, pensaremos que algo está mal en nosotros y en esos momentos nos sentiremos vulnerables, desprotegidos, fracasados como seres humanos. Todas esas sensaciones subyacen al sentimiento de vergüenza. Por esta razón es muy importante desprogramarse, en primer lugar, de todas las afirmaciones que hemos escuchado y se han grabado dentro de nosotros cuando aún no teníamos capacidad para discernir, para discriminar las ideas que nos estaban implantando sólo por el hecho de escucharlas, de exponernos a ellas y aceptarlas como un ordenador acepta las órdenes de su programación.
 
A no ser que hubiéramos nacido y crecido en un entorno ideal, donde la sabiduría hubiera eliminado los prejuicios que aceptamos, por el solo hecho de exponernos a ellos, tendremos que desmontar dentro de nosotros, a través de nuevos razonamientos, las ideas que pueden llevarnos a creer que tenemos alguna carencia, que somos portadores de algún tipo de tara o error. El primer paso es identificar el sentimiento de vergüenza que experimentamos, ponerle nombre, diciendo para nosotros: “esto es vergüenza y la experimento porque hay algún pensamiento que he aceptado y me hace sentir en falta, pensar que tengo alguna deficiencia y, en último extremo, que no debo existir porque no pertenezco a esta humanidad perfecta y sin mácula”.
 
Como ya he manifestado, el hecho de ser homosexual es algo que viene en “el lote”, como el color de pelo, la estatura, el cociente intelectual y un sinfín de capacidades y de formas de expresión personal que el individuo se encuentra al ir desarrollando su personalidad y su existencia. No quiero perder el tiempo discutiendo sobre si la orientación sexual es una opción o no lo es. Claramente no lo es, esa es mi convicción, es algo que descubres como descubres tu talento para la pintura o para la música, para la ingeniería o para la medicina. Si no fuera así, cuando mi angustia me atenazaba y me ahogaba, cuando aún no tenía capacidad para autoafirmarme como individuo hubiera elegido no ser como era. Pero no porque considerase que mi orientación sexual fuera inadecuada, sino por la presión que mi entorno ejercía sobre mí mismo, sobre mi personalidad y mi naturaleza; una presión que me angustiaba hasta el punto de que en más de una ocasión creí que mi pecho estallaría fruto del miedo constante en el que vivía y la angustia que se iba acumulando, día a día, amenazando con explotar de un modo impredecible. Un miedo que hasta muchos años después no me pude explicar. El miedo a no “pertenecer” al grupo con el que vivimos permanece dentro de nosotros aun cuando nos convirtamos en individuos autónomos y no dependamos de nadie para sobrevivir. Tomar conciencia de ello es liberador porque entonces puedes racionalizar, conversar como esa parte de ti que, desde lo más profundo de tu psiquismo, cuida de tu supervivencia y consecuentemente le puedes decir que no necesitas ya de su presión, de sus advertencias, porque has crecido como ser humano y te has dado cuenta de que perteneces a la humanidad por derecho propio, sin la necesidad del beneplácito de los demás para ser como eres; y que, si fuera necesario, eres lo suficientemente fuerte como para defenderte, aunque eso no quiere decir que seas capaz de neutralizar cualquier tipo de agresión. En consecuencia, no debemos exigirnos heroicidades cuando estamos solos o cuando aún somos jóvenes sin suficiente experiencia sobre la vida y consecuentemente nos encontramos en desventaja no ya sólo argumental, sino en desventaja numérica. Estadísticamente somos un diez por ciento frente a un noventa por ciento restantes.
 
No puede pedirse a un hombre o mujer que se encuentra, no ya en minoría, sino totalmente solo que salga del armario. Un hombre solo o una mujer, así tomados de uno en uno, como decía el poema de José Agustín Goytosolo, son como polvo, no son nada. Así pues, antes de dar un paso tan importante debemos encontrarnos con los que son como nosotros, pero no con la intención de formar un ejército o algo por el estilo, si no para darnos cuenta de que somos una parte de la naturaleza y que, como también ya he manifestado, no somos renglones torcidos de Dios, sino una más de las múltiples formas con las que Él escribe. A estas alturas de la historia, gracias al cine, la televisión y sobre todo internet, no creo que, como nos sucedió a muchos de mi generación y otras anteriores, nadie pueda pensar, al descubrir su sexualidad, que es un ser único, que es algo malo que le pasa solamente a él y que hay algún defecto en su interior que le impulsa a desear desaparecer o esperar que alguien le reconstruya, como a mí me sucedió. No obstante, estoy seguro que aún hay muchos hombres y mujeres, en múltiples lugares del mundo, donde no disfrutan de la aparente libertad que se respira hoy en occidente, que sienten esa presión, que sienten esa misma angustia, esa misma desesperanza que no hace tantos años sentíamos aquí por ser como éramos.

A veces pienso que el hombre, como especie, no es tan inteligente como pretende. Es posible que tenga la habilidad de crear artefactos para escudriñar desde la partícula más microscópica, hasta la grandiosidad del universo; de crear ecuaciones complejas o manipular la naturaleza hasta el punto de llegar a crear nuevas especies por ingeniería genética; sin embargo me planteo que nuestra inteligencia es una inteligencia parcial, no está completa, pues después de tantos siglos viviendo sobre la Tierra aún no hemos sido capaces de encontrar la fórmula para que no existan las guerras, nadie tenga que sufrir por hambre y sobre todo, nadie sea discriminado por mostrar la diferencia con que la vida le ha conformado frente a la generalidad imperante.
 
Por otra parte, nos engañamos cuando pensamos en nuestra libertad como seres humanos. Habría que tomar conciencia en primer lugar que no decidimos cuando vamos a nacer, ni en qué tipo de familia, si rica o pobre, si cultivada intelectualmente o ignorante. Tampoco en qué tipo de región o en qué tipo de país, si oriental u occidental, si laico o religioso, si católico o musulmán. Mucho menos decidimos sobre las características de nuestro cuerpo. Todo nos ha sido “dado” por la naturaleza. Incluso la perseverancia y la capacidad de sacrificio no pueden adquirirse si no que van con nosotros. ¿Quién en su sano juicio no querría perseverar en algo o sacrificarse por algo que puede hacerle la vida mucho más fácil? Incluso esa capacidad de discernir lo que parece tan obvio, no puede adquirirse.

Saber que uno es como es, y que actúa totalmente en perfección conforme a la estructura física y mental con la que la naturaleza le ha concebido, contribuye a liberarnos. En lo fundamental uno no se crea a sí mismo, sino que se descubre a sí mismo y acaba liberando y sacando a la luz el fruto que guardaba la semilla que le trajo a este mundo.
 
Aceptarse uno mismo como es, pasa por tomar conciencia, como decía al principio de este apartado, del miedo visceral, y en consecuencia irracional, a que te aparten del grupo, empezando por tu propia familia, y con ello, carezcas de un entorno en el que desarrollarte y vivir. Este miedo inconsciente no hay que subestimarlo ya que es una herramienta heredada que late en el inconsciente colectivo. No hace tanto tiempo ser apartado del grupo, era la muerte segura. Sin embargo, a través de nuestros razonamientos hoy podemos liberarnos de él. Sólo hace falta que tomemos conciencia de su origen ya que, al identificarlo y ponerlo nombre, le podemos quitar fuerza, lo podremos exorcizar. No obstante, tendremos que enfrentarnos a otros miedos de los que tendremos que hablar más adelante.
 
Otra de las dificultades de la autoaceptación es que una vez admitida tu orientación sexual, debes obrar en consecuencia; es decir, buscar personas con las que relacionarte emocional y físicamente; lo que supone hacerte visible no ya sólo para ti mismo sino, en cierto grado, también para los demás. Con ello te aparecerá la certeza de que todos esos dardos que has visto lanzar contra los que se mostraban abiertamente diferentes, ahora irán hacia ti. Es posible que incluso antes de tomar conciencia de tu orientación sexual tú mismo los hayas lanzado simplemente porque te educaron así, porque así eran las cosas donde naciste, creciste y te educaste. Hay que tener mucho valor para poder mostrarse tal y como uno es. También hay que medir las fuerzas. La lealtad ha de ser en primer lugar hacia uno mismo y si ponerse en el centro de la diana va a suponer daños superiores a lo que podemos soportar, deberemos esperar el momento, deberemos adquirir la fuerza suficiente, hacer las alianzas necesarias para poder soportar, con su apoyo, el potencial dolor que nos espera.
 
Seguro que habrá lugares donde estás últimas palabras parezcan exageradas, pero en otros parecerán livianas en comparación con la presión a la que es sometido el homosexual en el entorno en el que vive.
 
Fragmento del libro "Dejé unas notas para ti".
Nota del autor. Aunque el libro está editado iré publicando aquí algunos de sus capítulos, como este, por si a alguna persona que no puede comprar el libro le puede servir.