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Ser Gay. Dejé unas notas para ti.   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Dejé unas notas para ti
Valentín Martínez
10.- Ser gay. El miedo a los primeros pasos. Sobre la naturaleza del miedo en general.
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El miedo a los primeros pasos. Sobre la naturaleza del miedo en general.

Una vez que nos hemos aceptado, es algo frecuente y natural sentir miedo a contactar con alguien como nosotros, a acudir a lugares de ambiente, a socializar con tus nuevos amigos con normalidad. El hecho de aceptar nuestra orientación sexual no hace que perdamos el miedo a que nos hieran los demás ya que esto no va a evitar que haya gente que siga pensando que no deberíamos ser como somos o estar cerca de ellos, como consecuencia de su ideología, sus propios miedos o sus prejuicios.
 
No obstante, hay un miedo que siempre surge, seas como seas, cuando te enfrentas por primera vez a una nueva situación. A menudo, ese miedo, que suele ser un miedo indefinido, nos impide dar los pasos que pretendemos y pensamos que, si dejamos pasar el tiempo, tal vez desaparezca y entonces será nuestra oportunidad.
 
Por otra parte, cuando por primera vez acudes a un lugar donde puedes socializar con las personas que son igual que tú, existe, unido al miedo natural, que produce enfrentarse a una nueva situación, la sensación que una vez que des ese paso, te pondrás abiertamente en la diana de todos los dardos envenenados, de los que antes, cuando aún no eras tan visible, te encontrabas totalmente a salvo.
 
Me resultaba desesperante cuando manifestaba mi temor por algún tipo de situación a la que debía enfrentarme y la única respuesta que recibía es “no tengas miedo”, “no tienes por qué tenerlo” o “ya se te pasará”. Durante mucho tiempo investigué sobre la naturaleza del miedo, pero no conseguía explicarme el hecho de que apareciera en situaciones que aparentemente no representaban ningún peligro físico real. Sí, el miedo es necesario, es un mecanismo de defensa que nos alerta sobre posibles peligros, es útil cuando vas por alguna zona desconocida y algo te impulsa a detenerte o huir porque tu vida puede correr algún peligro; ¿pero y cuando simplemente no te atreves a coger el coche y conducir, cuando no te atreves a dirigirte a esa persona que te gusta porque la sensación te paraliza o te impulsa a alejarte para dejar de sentir esa especie de “molesta vibración de energía”, realmente desagradable, que parece envenenar todo tu cuerpo, que te impide cambiar de trabajo o abandonar a la persona que está haciendo tu vida imposible?
 
Después de años de búsqueda di con las respuestas gracias al psicoterapeuta argentino Norverto Levy, de quien existe mucha información en internet. Lo que sigue a continuación es lo que elaboré tras encontrar la esencia de este sentimiento en su forma de plantearlo, ponerlo en mis palabras y aplicarlo a mi vida.
 
Lo que ya sabía por mi propia experiencia es que uno no puede manejar el miedo. No puedes decir a nadie o a ti mismo: “no tengas miedo”, porque no depende de ti. Es un mecanismo autónomo que nos pone en alerta, independientemente de que lo queramos o no. Otro error muy frecuente que cometía, como apunté al principio de este apartado, era pensar que, si dejaba transcurrir el tiempo, o conseguía reunir las fuerzas suficientes, el temor o miedo no aparecería, o lo podría combatir hasta hacerlo desaparecer con pensamientos asertivos o positivos. Al tratar de aplicar la primera estrategia me di cuenta que el temor, ante una circunstancia intimidante determinada, no desaparecía por el paso del tiempo. Aunque dejara transcurrir un año, de nuevo iba a aparecer la sensación que me paralizaba y me impedía enfrentarme al reto que había aplazado y pretendía alcanzar. Por otra parte, encontrar fuerzas suficientes mediante la estimulación de pensamientos positivos, a veces me ayudaba a dar algún paso, pero cuando debía actuar lo hacía de forma caótica porque eso que llamamos miedo es una fuerza tan poderosa que desequilibra al organismo con sus baños de adrenalina, noradrenalina o cualquier otro “mejunje” de esos que produce nuestro propio cuerpo, para paralizarnos o hacernos reaccionar.
 
En fin, para empezar a manejar el miedo debemos saber en qué consiste al menos a un nivel mental, debemos ser capaces de explicarnos por qué lo experimentamos, aunque no comprendamos todos sus entresijos.

El miedo es un mecanismo de alerta. Es como una alarma que se pone en marcha dentro de nuestro organismo cuando nos enfrentamos a una situación nueva y el cerebro evalúa si somos capaces o no de enfrentarnos a ella sin peligro. El miedo es consecuencia de una evaluación. Por ejemplo, si escuchamos un ruido, el cerebro empezará a evaluar si en él existe algún peligro ya no para nuestra supervivencia, puede que tan solo para nuestro bienestar. La alarma es como una “vibración” molesta que pone a nuestro cuerpo en tensión. Si vemos que ese ruido lo produce algún gatito que se coló por azar en nuestra casa, esa alarma, que es el miedo, bajará su intensidad, bajará su vibración y nos permitirá seguir con nuestra vida. Si descubre que ese ruido lo produce, por ejemplo, un animal adulto con capacidad para hacernos daño, hará que esa alarma suene con mayor intensidad, el malestar será mayor y nos hará correr o nos paralizará independientemente de nuestra voluntad.
 
Cada vez que se nos presente una situación nueva, nuestro cerebro lo evaluará y ese proceso es el que crea ese malestar al que llamamos miedo. En muchos casos, como no tenemos referentes de lo que puede suceder realmente si decidimos realizar un cambio o si decidimos acercarnos a una persona que nos gusta, serán las múltiples e hipotéticas posibilidades hostiles que el cerebro contemplará en su evaluación, las que nos paralizarán. Eso siempre será así.
 
Lo que descubrí es que la sensación de miedo puede saturarse y desaparecer del modo que lo hace un olor. Si nos exponemos continuamente a un olor, por muy incómodo que nos resulte, y nos aparte del camino que llevamos, acabará por saturar nuestro olfato y podremos continuar. Podemos decir que el miedo también acaba desapareciendo por saturación, si nos exponemos una y otra vez a esa situación que nos incomoda como consecuencia de la evaluación de peligrosidad que autónomamente realiza nuestro cerebro; pero es más lógico pensar que si el miedo “se satura” o desaparece, será porque nuestro cerebro ha concluido su evaluación y ha determinado, después de exponerse a ese nuevo escenario, que debía dejar de activar sus alarmas en nuestro organismo, haciéndonos sentir incómodos, poniéndonos en tensión para huir, en el caso de que fuera necesario.
 
Saber que cuando sentimos miedo ante una nueva situación se debe a que una parte de nosotros está evaluando el peligro, hace que la sensación de miedo disminuya. Si nos decimos a nosotros mismos, “estoy teniendo miedo porque mi cerebro está evaluando esta situación”, podemos comprobar cómo disminuye la presión y el agobio casi desaparece. Digamos que el truco está en que permitamos a nuestro cerebro evaluar sin interferencia la situación exponiéndonos a ella, las veces que sea necesario, hasta que este mecanismo autónomo concluya con datos reales, no con las hipótesis que la imaginación le plantea.
 
En resumidas cuentas, que si uno quiere perder el miedo ante una situación desconocida debe hacer lo mismo que haría con un pestilente olor que le obliga a retroceder en su camino: debe exponerse para que su olfato se sature. Puede que durante un breve espacio de tiempo lo pase mal, pero al final esa sensación olfativa que le amordazaba perderá su fuerza y podrá continuar con su objetivo. Con el miedo hay que hacer lo mismo: debemos exponernos una y otra vez a la situación que nos atenaza, para que nuestro cerebro se convenza de que no existe razón para estar alerta, para que nos dé su beneplácito y nos permita actuar.
Nosotros con nuestra exposición le permitimos que evalúe. “Él” –nuestro cerebro- con su conclusión, nos permitirá actuar. Rechazar el miedo, apartarse de la situación que lo provoca, es no permitir la evaluación, que iniciará su ciclo una y otra vez hasta que lo concluya, por esa razón aplazar no resuelve nada.
 
Tener miedo al rechazo es algo más complejo porque no se trata de temer algo desconocido, si no de temer al dolor, algo que nuestro ser también repele al margen de nuestra voluntad; por lo que aquí, en la evaluación, se trataría de ver dónde se halla el umbral que soportamos y, evaluado, si nuestro organismo estará dispuesto a padecerlo. "París bien vale una misa", como al parecer dijo Enrique IV de Francia. Tal vez un gran amor, valga exponerse a un poco de dolor. Este ha sido mi secreto: la exposición a una situación que nos atemoriza deshace las mordazas del miedo.
 
Como añadido debemos tener en cuenta que la intensidad con la que experimentamos el miedo es proporcional a la tolerancia ante la incertidumbre. En occidente, no se fomenta el cultivo de la tolerancia a la incertidumbre. Aunque intelectualmente aceptemos que prácticamente no existen seguridades y que en cualquier momento las cosas pueden cambiar sin que podamos hacer nada por remediarlo, emocionalmente lo rechazamos. Pensamos que, si seguimos ciertas normas, si nos convertimos en expertos de unas u otras estrategias, el error no existirá en nuestras vidas y todo nos saldrá bien, tal y como prometen multitud de recetas, producto de la buena intención de quienes las desarrollan. La verdad es que nadie está libre de cometer errores, nadie sabe si llegará con vida al día siguiente o si a la vuelta de la esquina no va a tener un resbalón.
 
Saber que no hay garantías y que por muy bien que hagamos las cosas puede que éstas no salgan como nosotros queremos, paradójicamente, no proporciona una gran libertad. La incertidumbre nos informa de que por muy elaborada que sea nuestra estrategia, no hay nada que nos garantice que todo nos saldrá bien; pero es que del mismo modo nos dice que por muy simple que sea nuestro plan, nada dice que nos vaya a salir mal. En consecuencia, la receta se convierte en una instrucción muy fácil de llevar a la práctica: ¡actúa! Así de simple y sencillo.
 
La manera de hacernos amigos de la incertidumbre comienza por no huir de ella. Por no huir de la situación que la despierta en nosotros. Debemos aprender a sentir esa incomodidad que supone el hecho de experimentarla permaneciendo al lado de ella, al lado de nosotros mismos. El único modo de conseguir que no nos paralice esa sensación, es habituándonos a ella, observándola, investigando que otras sensaciones produce en nuestro cuerpo. ¿Sentimos calor, quizá sentimos frio? ¿En qué parte de nuestro cuerpo la experimentamos? No huir de la incertidumbre significa tener el valor de mirarla, de conocerla. A fin de cuentas, se halla ahí para protegernos de algo, para informarnos que algo puede que resulte como teníamos pensado; pero eso no quiere decir que nos esté anunciando un desastre.
 
Cuando nos disponemos a hacer algo que no hemos hecho nunca, las herramientas de las que dispone nuestro cerebro evaluarán la situación, despertando la sensación del miedo, y nos informarán de que incluso tras esa evaluación, el resultado de nuestras acciones todavía será incierto. Solamente actuando podremos desmantelar esos “frenos” que, si bien cumplen la función de cuidar de nuestras vidas, debemos dejarlos atrás, como adultos que abandonan el nido y empiezan a cuidar de sí mismos.
 
Fragmento del libro "Dejé unas notas para ti".
Nota del autor. Aunque el libro está editado iré publicando aquí algunos de sus capítulos, como este, por si a alguna persona que no puede comprar el libro le puede servir.