homofobia, movimientos contrarios al matrimonio homosexual, movimientos contrarios a las uniones entre personas del mismo sexo, la guerra a la persona que es diferente, el rechazo ante lo diferente, discriminación a las parejas gais, discriminación a las parejas homosexuales, la adopción en las parejas gais, la adopción en las parejas homosexuales, la adopción en las parejas de lesbianas
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Ser Gay. Dejé unas notas para ti.   
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Valentín Martínez
12.- La homofobia. Los movimientos contrarios al matrimonio homosexual. En cuanto a la adopción.
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La homofobia. Los movimientos contrarios al matrimonio homosexual. En cuanto a la adopción.

En el momento de redactar este apartado existen en muchos países leyes que no sólo defienden la diversidad sexual, sino que poco a poco van equiparando en cuanto a derechos y deberes a las parejas homosexuales y las heterosexuales. Al mismo tiempo vemos salir de armario a quienes se oponen radicalmente tanto al derecho a contraer matrimonio entre parejas del mismo sexo y al derecho de adopción, como al simple hecho de que nuestra colectividad sea visible y manifieste su afectividad en los espacios públicos. Para colmo, algunos países aún siguen castigando a los seres humanos por ser diferentes, bajo argumentos absurdos, y castigando con la pena de muerte a quien muestre su diferente orientación sexual respecto de la gran mayoría. En este momento, en Rusia, existe una Ley contra la propaganda homosexual, por la que se castiga el hecho de hablar sobre nuestra orientación afectiva, nuestros problemas y nuestras inquietudes; para colmo se alimenta la agresión desde los poderes públicos, al permitir palizas atroces a quienes se atreven a cuestionarlo o simplemente viven o tratan de vivir su vida con la normalidad que en este momento se goza en gran parte de occidente.
El mensaje que quiero transmitir es el de que, si bien debemos estar alerta contra todos estos tipos de conducta reaccionaria, no se trata de la aparición de una conducta nueva, sino que del mismo modo que nosotros hemos salido a la luz, han salido también ellos, haciendo tanto o más ruido que nosotros, amparados por la fuerza de la costumbre que habitualmente gobierna a los grupos más conservadores de cualquier sociedad.
 
La guerra que hoy se libra abiertamente entre los que están dispuestos a respetar el espacio de quien es sexualmente diferente de la gran mayoría y los que desean que todo siga igual, es una guerra que existía de modo soterrado y que ante las pequeñas, o quizá grandes, batallas que ha ganado nuestro colectivo contraatacan con sus escaramuzas por recuperar la oscuridad en territorios que, por la cerrazón y la pereza de su mentalidad, no son capaces de observar con una conciencia abierta, inteligente y luminosa.
 
Por otra parte, no podemos señalar a los otros, a los demás, a los que se oponen a nuestra presencia pública, como únicos culpables. La discriminación no se da solamente hacia nuestro colectivo. Nosotros mismos, discriminamos a quien es diferente a nosotros. Los gais masculinos discriminan a los gais afeminados; las lesbianas femeninas a las que muestran una femineidad más ruda. Se discrimina a los transexuales entre miembros de la comunidad homosexual y así podríamos seguir enlazando unas colectividades con otras.

No discriminar a quienes no son o se comportan como nosotros, no significa que tengamos que ir de su mano, sino que debemos respetar su espacio, del mismo modo que nosotros exigimos que respeten el nuestro. Y respetar el espacio de los demás significa algo más que no decir nada, apartar o no agredir abiertamente. Respetar es un ejercicio de comprensión, que nace cuando expandimos nuestra conciencia y nos damos cuenta que realmente todos merecemos una vida mejor, todos sin excepción.
 
Cuando rechazamos a alguien abiertamente, estamos alimentando la energía del rechazo, lanzamos al mundo la idea de que podemos rechazar, apartar, aniquilar lo que no forma parte de nuestro ideario o nuestro ideal de sociedad. Tenemos que entender que respetar el espacio de quien vive de modo diferente a nosotros no significa que debamos acogerlo en nuestra casa o ir en su compañía, sino aceptar que tiene derecho a manifestar su singularidad sin nuestra oposición mental, aceptando que tiene nuestro mismo rango vital.
Creer que formar parte del colectivo homosexual nos libra de discriminar a otros, del mismo modo que la gran mayoría hace con nosotros, es tener un campo de mira demasiado cómodo o poco trabajado. Si trabajamos sobre nuestra tendencia a discriminar estaremos contribuyendo a cambiar un comportamiento social tan pernicioso que llevó al exterminio de gran parte del pueblo judío durante la segunda guerra mundial. Para ello no es necesario que hagamos grandes esfuerzos, simplemente tenemos que observarnos y si nos vemos cayendo en la trampa de discriminar a otros, tomaremos conciencia y nota de ello. Ese hecho tan simple hará que, si realmente somos seres solidarios, nuestra propia mente se autocorrija. Apartando la discriminación de nuestra vida, estamos contribuyendo a que no nos discriminen a nosotros, estamos trabajando a nuestro favor. Es importante también asumir nuestra responsabilidad y hacer nuestro particular examen de conciencia.
 

En cuanto a la adopción

 
Qué alguien deba juzgar o evaluar mis aptitudes para poder querer y cuidar de otro ser humano, resulta cuanto menos humillante y cuanto más pretencioso. Estudios que analizan si un determinado colectivo es apto o no para ejercer la paternidad, abundan por doquier con la excusa de justificar o no el hecho de que un homosexual o una lesbiana sean o no sean aptos para educar a un hijo. No debería importarnos lo que digan esos estudios puesto que siempre van a ser interesados, van a responder a la opinión de quien los encarguen y sobre todo de quienes los paguen. Ni siquiera deberíamos hacer caso a los que nos resulten favorables.
Si aun siendo homosexual tengo un hijo natural en solitario, nadie va a cuestionar mi derecho ni mi aptitud para cuidarlo. Si no es natural, si no que lo adopto, se me puede cuestionar. Para colmo no son pocos los homosexuales que se creen que no son capaces o que no deben embarcarse en ese tipo de aventura por la opinión que sobre este asunto tienen los demás. Tener opinión propia no es tarea fácil. Mucho menos lo es individualizarse. Cuando te individualizas corres el riesgo de que te maten. Eso le sucedió a Jesús o Martín Lutero King. En palabras del filósofo Sri Aurobindo: “mientras uno hace el camino con el rebaño, la vida es relativamente fácil, con sus buenos y sus malos momentos, sin demasiada pequeñez, pero tampoco sin mucha grandeza. Mas en cuanto uno quiere apartarse de la caravana, muchas fuerzas surgen, vivamente interesadas en que procedamos "como todo el mundo"; entonces se descubre hasta qué punto se halla bien organizada la prisión”.
 
Cuando alguien necesita o permite que otro le evalúe en cuanto a sus capacidades para comportarse, actuar o ejercer como ser humano, está renunciando a su individualidad, a su libertad y su dignidad.
 
Por otra parte, estamos en un mundo que busca garantías sobre algo que no se puede prever y mucho menos garantizar, como se hace con una lavadora. Las relaciones humanas son demasiado complejas como para que las determine un test, una batería de test o un estudio sociológico. Las emociones no se rigen por normas estadísticas, si es que creemos en la singularidad del ser. Si realmente pudiera medirse la capacidad o la aptitud para ser madre o padre entre los heterosexuales, estoy totalmente convencido de que serían muy pocos los que superarían la barrera del muy deficiente. Porque ser padre es algo que se va aprendiendo a lo largo de la vida junto a los hijos, y porque no tiene nada que ver con la orientación sexual. La sexualidad es una parte privada e íntima que únicamente forma parte de la relación entre dos personas. Ese tipo de intimidad no se comparte con los hijos. Lo único que un hijo necesita es sentirse querido por los padres, sean un hombre y una mujer, dos hombres o dos mujeres. Un hijo necesita de protección, de seguridad, de calor humano y enseñanza para que el mundo que él contribuya a cocrear, cuando sea adulto, no esté basado en el rechazo o la discriminación de ningún tipo de minoría, entra otras cosas. Los homosexuales, no desprendemos ningún tipo de irradiación gay que haga que quienes están a nuestro lado varíen su orientación. Es más, los homosexuales hemos nacido de parejas heterosexuales. ¿Hay que pensar que han hecho algo mal? ¿Qué nos han impedido tomar de su irradiación heterosexual? ¿O es que su reproducción funcionó de un modo defectuoso?
 
Todavía hay quien se ampara en que los niños van ser estigmatizados en la escuela, rechazados por los otros niños y qué sé yo cuantas teorías, que, si no son totalmente inciertas, sí son malintencionadas. Eso se decía también de los niños de parejas divorciadas y se esgrimía como razón para no permitir el divorcio. En cualquier caso, la responsabilidad, no está en esos niños, que previsiblemente rechazarán a estos otros, sino en unos padres que, sin necesidad de palabras, sin más instrucción que su ejemplo, se lo transmiten e inculcan. Si realmente te importara el mundo de la infancia, te preocuparías de impedir que a cualquier niño se le discriminara, independientemente de quienes fueran sus padres, educando a los tuyos en la comprensión de que el mundo es un lugar plural y que nadie es mejor ni peor por el hecho de vivir su amor de un modo diferente al tuyo.
 
Fragmento del libro "Dejé unas notas para ti".
Nota del autor. Aunque el libro está editado iré publicando aquí algunos de sus capítulos, como este, por si a alguna persona que no puede comprar el libro le puede servir.