La lucha por los derechos de los homosexuales, la lucha por los derechos de los gais, la lucha de los derechos de las lesbianas, el día del orgullo gay, las caravanas del orgullo gay, la fiesta del orgullo gay, defensa del colectivo gay, defensa de los derechos de los gais, defensa de los derechos de los homosexuales, defensa de los derechos de las lesbianas, la visibilidad del colectivo gay, la fiesta del orgullo gay
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Ser Gay. Dejé unas notas para ti.   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Dejé unas notas para ti
Valentín Martínez
14.- El día del orgullo gay.
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El día del orgullo gay

 
Nadie diría al ver las manifestaciones multitudinarias del orgullo gay, que el colectivo necesite hacerse más visible, además, algunos dicen que habiendo alcanzado ya derechos tan importantes como pueda ser el matrimonio ¿qué necesidad hay de continuar?
 
Pues bien, desde mi punto de vista aún será necesario continuar durante mucho tiempo. Que en algunas de las grandes capitales del mundo podamos manifestarnos libremente, uno o dos días al año, no quiere decir que el colectivo del que formamos parte en todo el mundo pueda ni tan siquiera “asomar la patita” como en el cuento. Si no servimos de altavoz para todos los homosexuales que están siendo reprimidos en otras partes del planeta, nuestro silencio estará conspirando con quienes tratan de silenciarles y con ello debilitando de algún modo nuestra voz.
 
Por otra parte, la pretendida normalidad que se da en las grandes ciudades no deja de ser anecdótica dentro del marco de la amplitud del territorio de cualquier nación. Quizá como en Madrid haya algún barrio en que poder manifestar abiertamente tu afectividad. Pero unos metros más allá, todo sigue como siempre, con licencia para reprimir, reprender o echar fuera de su establecimiento a quien no sea y se comporte como la mayor parte del grupo. Nunca he pretendido hacer de estas notas un cuaderno de denuncias, así pues, quien no crea que suceden estas cosas, hay lugares en internet, que se dedican a constatarlas. Ahí pueden echar un vistazo y confirmarlo.
 
Es posible que los excesos de las caravanas puedan desmarcar a algún hombre o mujer que no se identifique con los estereotipos que aparecen en primera línea de batalla. Pues bien, quizá muchos de los derechos de los que hoy disfrutamos se los debamos a ellos. A hombres y mujeres que, en aras de su libertad, se mostraron abiertamente diferentes y prefirieron ser golpeados a vivir de rodillas como hacemos la mayoría de nosotros, a pesar de los tiempos que corren. Claro que yo no me he identificado nunca con los excesos, pero son necesarios si uno desea realmente llamar la atención, hacer ver que existe. Es la forma que tienen algunos de contribuir. Otros lo haremos con nuestros escritos, otros con las reivindicaciones a pie de calle o en los parlamentos, y otros ayudando a equilibrar a quienes les produce un desequilibrio emocional el hecho de formar parte de una minoría. Nadie sobra, nadie es mejor o peor. Cada uno debe de contribuir con lo que pueda. Unos con un minuto y otros con toda una vida. Nadie es quien para juzgar ni exigir nada a los demás, tanto más sabiendo que la gran mayoría, fuera de su zona de confort, vive asustada. Dicen que la verdad es un diamante de mil caras y que a cada uno le toca descubrir cuál es la cara que le ha tocado. Dentro de todas las verdades que puedan existir sobre la homosexualidad, esta es la cara de la mía. Sé que es una verdad parcial, pero deseaba compartirla contigo, aunque nada más sea por aportar un punto de luz en un mundo lleno de tenebrismos.
 
Uno pensaría que cuando en alguna ciudad alguien se aventura abrir alguna asociación para la información y defensa de este colectivo, va a estar llena de gente. Uno cree que el colectivo aplaudirá: ¡al fin un lugar, un espacio dónde no soy diferente! Pues bien, en general, salvo en las grandes ciudades estos lugares están prácticamente vacíos. ¿Por qué? Yo diría que evidentemente es por miedo. ¿Con un día o un par de días de caravana, es suficiente?
 
Y es que, gracias a quienes se preocupan de crear este tipo de espacios o a los que organizan las caravanas, es a quienes debemos los avances en la legislación y la normalización de nuestro modo de vida, al menos sobre el papel, en el cine y en los medios de comunicación o en barrios como el de Chueca. Han sembrado una cosecha que vamos recogiendo poco a poco, incluso los que no hemos arado la tierra, por lo que creo que merecen nuestro apoyo, aunque no nos identifiquemos totalmente con las formas.
 
De cualquier modo, si es difícil poner de acuerdo a una comunidad de vecinos formada por no más de cuarenta personas, ¿qué no dificultades vamos a encontrar cuando a pesar de ser tan sólo el diez por ciento de la población, aún somos millones?
 
Además, si no tuviéramos bastante con la batería de obstáculos que nos ponen la gran mayoría del grupo heterosexual, están los que siendo homosexuales aceptan las barbaridades que defienden algunos grupos aparentemente minoritarios y se consideran a sí mismos enfermos. Con tal de que no les rechacen, son capaces de rechazar su esencia y en consecuencia su propia identidad. El daño que se hacen a sí mismos no tendría que censurarse, pues cada uno es libre de hacer con su vida lo que quiera, el problema es que, con sus diatribas, acaban convenciendo a quienes no se ven con fuerzas para soportar la presión del grupo social al que pertenecen y sucumben al despropósito de “curar” o reconducir su orientación sexual, violentando su idiosincrasia o la de sus hijos. Después aparecen los casos como el de A. L. un cristiano protestante barcelonés que cuando tenía diecisiete años, el vínculo con una parroquia homófoba le empujó a someterse durante veinte años a tratamiento para ahogar sus deseos homosexuales. Ahora, con cuarenta y tres, explicaba que intentó suicidarse tres veces durante el tratamiento, que le causó una depresión por su ineficacia. Otros se someten voluntariamente o porque no tienen otra opción a torturas todavía mayores con el fin de que no les rechace su familia, dándose casos extremos en los que mueren, como el joven sudafricano Raymond Buys, de quince años, fallecido en dos mil trece, tras pasar diez semanas en un campamento al que sus padres lo enviaron para que le curaran su homosexualidad. Otros, piden perdón como ha hecho el líder del movimiento “ex-gay” John Paulk que tras ser captado por un grupo religiosos se autoconvenció de haberse “curado” de su homosexualidad y emprendió una vida formalmente heterosexual. Finalmente ha admitido que nunca ha dejó de ser gay y que las “terapias reparadoras”, que durante años ha promocionado, son no solo inútiles sino dañinas y ha pedido disculpas al colectivo por el daño que ha causado su actitud.
 
Si silenciamos nuestras voces, se producirán más casos como el Raymond Buys como consecuencia de la ignorancia de sus padres o como el de John Paulk que voluntariamente, por ser aceptado en su grupo religioso, no sólo se hace daño a sí mismo, sino que contribuye a hacer daño a los demás, con mensajes cuyo contenido sabía que, cuanto menos, era dudoso.
 
Fragmento del libro "Dejé unas notas para ti".
Nota del autor. Aunque el libro está editado iré publicando aquí algunos de sus capítulos, como este, por si a alguna persona que no puede comprar el libro le puede servir.