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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Relato
Valentín Martínez Carbajo
Rendondilla del olmo entre la niebla
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Redondilla del olmo entre la niebla.
 
Valladolid: tintero, pluma y papel.
 
Hacía mucho frío. El cielo estaba despejado, pero el aire era como una espada dispuesta a traspasar cualquier ropa de abrigo. Óscar, desde la arboleda del paseo de las moreras, miraba como el agua cristalina del invierno franqueaba la presa de la pesquera. Echó de menos a su amigo Mario. Con aquel tiempo, seguro que se había quedado en casa.
 
Cada mañana de domingo se encontraban sobre las once en el mismo sitio. Por algún motivo extraño, pues no era la edad, Óscar tenía problemas para recordar. Sus recuerdos siempre fluían al hilo de algún comentario que hacía Mario sobre sus propias experiencias. Parecía como si las conversaciones que mantenía con él, fueran la única llave que abriera la puerta de su memoria, desde hacía algún tiempo. Sin embargo, en aquellos momentos recordó sin ayuda.
 
Era extraño que un día tan frio le hiciera evocar una mañana cálida de verano, en la que tumbado sobre su toalla disfrutaba de la playa artificial del Pisuerga, a su paso por la ciudad. La arena jalonada únicamente hoy por la arboleda, tenía entonces por medio los vestuarios. ¡Qué cambiado se veía todo! ¡Qué imagen tan diferente de cuando era un niño! Las piscinas se habían convertido en un campo de fútbol y en varias canchas de baloncesto. Además, habían puesto un barco simulando a los que navegan por el Misisipi.
Como había adquirido por costumbre, anotó en la libreta su recuerdo, esta vez, espontáneo. Más tarde, en su casa, lo ampliaría; pues una imagen le llevaba otra, hasta que se fusionaba todo en un relato.
 
Podría decirse que en la arena no cabía más gente. El bullicio de los bañistas en la orilla, compensaba la falta de oleaje que, por otra parte, nunca había echado de menos. Por entonces el agua sí que estaba limpia. Recordó la señal que indicaba el metro cincuenta de profundidad y el trampolín flotante, amarrado al muro de piedra en el margen de Huerta del Rey. No sabía quién le había dicho que la puerta situada en el muro, ahora semicubierta por la maleza, la utilizaban los cortesanos para embarcar cuando el Rey visitaba la ciudad y deseaba navegar por el río. Nunca llegó a averiguar de qué Rey se trataba y si aquella especie de leyenda era cierta.
 
De nuevo le vino la imagen de los vestuarios. Era un largo armazón de hierro, cubierto por una gran lona de color naranja, dividido en dos -uno para las mujeres y otro para hombres-, que a su vez estaba compartimentado en pequeñas cabinas individuales.
 
Tendido sobre la arena miraba aquella tela y se excitaba pensando que tras aquel frágil paño se quedaban desnudos los adultos. Su recuerdo le invocó a su vez aquella ardiente sensación que inundaba su cuerpo como una todopoderosa droga. ¡Sí que era irreflexiva y fuerte esa llamada! Tanto que le ocupaba la mayor parte de sus pensamientos, impidiéndole centrarse en otras cosas. Sin duda, fue mejor así.
 
Cuando Óscar iba a la playa lo hacía en compañía de su familia, aunque aquel día, en particular, no la recordaba por allí. Le gustaba abstraerse en sus pensamientos y mirar a hurtadillas el bulto que se marcaba en el bañador de los hombres. Aquella tendencia le desconcertaba y, añadida a la vergüenza que su incipiente sexualidad le producía, hacía que se sintiera desgraciado. Parecía que algo no anduviera bien. Afortunadamente, con el paso del tiempo, descubrió que no era exactamente en él donde marchaban mal las cosas, y finalmente pudo ser feliz de forma moderada.
 
¡Dios santo!, que carga más pesada la del sexo. Hacía tiempo que, después de una vida más o menos azarosa, se había atemperado un poco la necesidad de satisfacer aquella especie de programación que uno se descubre impresa, como un estrepitoso trueno que lo envuelve todo con su sofocante ruido. En cualquier caso, los mejores momentos, sin duda, los tuvo con sus fantasías.
 
El viento arreció desde el puente Mayor. Recordó el frío que pasaba cuando tenía que cruzarlo camino del Instituto Ferrari. Decidió dirigirse hacia allí. ¡Qué cambiada estaba también aquella zona! Por entonces había pocas construcciones. Estaba la depuradora, el parque de bomberos, las cocheras de los camiones de la basura y una comisaría. Por lo demás, únicamente había eras, donde en alguna ocasión jugó al fútbol con sus compañeros de clase.
 
Sin saber bien porqué, al traspasar la fábrica de harinas, caminando por la desembocadura del canal, con dirección a su antiguo instituto, se puso a llorar. No acertaba a comprender su llanto, sólo advertía que no podía parar y que le importaba poco que le vieran.
Los árboles, aún sin hojas, le hicieron recordar los días de niebla. Las ramas desnudas y grises de los olmos, surgiendo débilmente entre la bruma, le habían hecho pensar en los corales. Años después, escribió una redondilla sobre aquella visión. Por el mismo camino, aunque entre un nuevo paisaje de edificios altos y calles espaciosas, llegó al instituto. El primer año que pasó allí suspendió todas las asignaturas, incluida gimnasia. No era de extrañar para quien pensaba que Emilio Ferrari era un constructor de coches italiano. Sin embargo, por aquellas fechas aprendió algo que le acompañó durante una gran parte de su vida: como contar las sílabas de los versos.
Le fascinaba el hecho de combinar musicalmente las palabras, sometiéndose a las reglas de la métrica. No aprendió mucho más aparte de eso. Sólo, sin saber por qué, comenzó a tener deseos de escribir. Del mismo modo le había sucedido, poco tiempo atrás, con las plumas. Se sentía atraído y fascinado por ellas, sin una aparente razón particular. Especialmente le gustaban las Parker. A menudo sus paseos incluían la visita obligada a los escaparates de las librerías, donde se detenía para mirarlas. Un día se compró una, junto con un tintero Pelikan. Claro que no fue una Parker. Exceptuando el punto, la mayor parte era de plástico de mala calidad. Había que llenarla presionando una bomba de goma, que absorbía la tinta al soltarla. Cuanto intentó escribir algo, apenas consiguió hilvanar cuatro palabras, aunque algo le impulsó a seguir con frases inconexas, hasta imitar el cuerpo de una narración. ¡Qué estupidez! Todo fue tan caótico como los pensamientos que tenía ahora.
 
De ahí al resto de su vida, siempre se sintió atraído por la escritura. Después de que el tiempo se encargara de truncar sus pretensiones, creyó que aquel extraño impulso cedería. Sin embargo, aquello no ocurrió.
 
Quizá estaba predestinado de ese modo. Como el hecho de haber nacido en Valladolid. Tal vez con algunas personas suceda lo mismo que con las hortensias: que dan uno u otro color, dependiendo de los sustratos del suelo en los que se siembran. A lo mejor esta tierra cosecha escritores y marca incluso a los desheredados con su impronta. Lo malo es que también les insufla sueños imposibles, de los que se sustraen sólo con sus desaciertos.
 
¡Otra vez aquel aire golpeando sus ojos! A lo mejor lloraba por eso. Si hubiera bajado la niebla, quizá no habría tanto viento. La niebla… La niebla fue origen de su inspiración.
 
Son sus ramas… color gris:
¡Corales de tierra adentro!
Entre las nieblas, lamentos.
Fríos de tu Valle Olid.
 
Tenía que apuntar esos versos cuanto antes, pues los olvidaría de nuevo.
 
¡Mierda! Si hubiera aparecido su amigo Mario, tendría material de sobra para escribir algo durante la tarde. ¡Pero si hasta se le terminó, en aquel momento, la libreta! ¡Qué día más frío y desafortunado! ¡Qué rabia encontrarse de pronto sumido en el llanto! Descubrir en la emotividad un tonto descontrol.
 
“Comprar tintero, pluma y… papel”. Fue la última anotación que hizo aquella mañana, recordando su cara pegada cristal de los escaparates de la librería Meseta. ¡Qué estúpido se había vuelto! ¡Y qué no se vería haciendo en unos años más! Menos mal que al día siguiente lo habría olvidado. ¿Por qué al evocar esas cosas tenía que llorar, si cuando sucedieron sonreía?
 
Fin
Valentín Martínez