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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Relato
Valentín Martínez Carbajo
La sombra de los espíritus
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La Sombra de los Espíritus
Sueños de Eros
 
(Basado en un testimonio real)

Me gusta reservar algunos días de mis vacaciones de verano para pasarlos en la casa de mis padres, en Hoces del Río Carrión. Ahora que vivo en una gran ciudad, en un barrio impersonal y un apartamento de cuarenta y cinco metros cuadrados, doy el valor que merece al lugar donde nací: una humilde, pero amplia vivienda que linda con el monte y tiene un estupendo patio; el cual incluye un pozo de agua cristalina del que aún se abastece toda la familia.

Hay dos momentos especialmente mágicos en estas ocasiones. Uno, cuando mi padre y el que ahora es mi esposo salen al bar después de comer a jugar a las cartas, y comienza la tertulia con mi madre y mi tía, que siempre trae algún dulce para acompañar al café y amenizar el encuentro. El otro, cuando en las tardes más calurosas del mes de agosto me acuesto la siesta en mi antigua habitación con la ventana abierta, que deja paso al olor y el frescor de la sombra de un tupido tilo, que da inicio a una chopera que llega hasta el río.

Espero que nadie me interprete mal: ni me molestan los hombres ni suelo buscar la soledad. Es simplemente que algunas conversaciones se dan, e incluso fluyen más fácilmente, dependiendo de los intereses y de la sensibilidad de los participantes. Al menos eso me parece a mí. Creo que se saborean mucho más.

Aún no salgo del asombro que me produjo la conversación de ayer y del suceso que la precedió.

Tendida sobre la cama, sin desvestirme, con el canto de fondo de las cigarras, no logro abandonarme totalmente al sueño; y es porque no paro de dar vueltas a lo que mi tía y mi madre me desvelaron.

Estábamos en el salón, sentadas en el tresillo. Cuando mientras mi madre servía el café pareció como si una sombra, con forma de mujer, cruzase la habitación hasta salir por la puerta del patio. Pensé que eran cosas mías, que mi vista se había nublado dando paso a esa extraña visión.

—Lo has visto, ¿verdad?

Preguntó mi madre dirigiéndose a su hermana.

—Es la mujer de pelo largo y suelto… Hacía tiempo que no la veíamos. Parece que ha vuelto.

No salía de mi sorpresa.  No sólo la habían visto, igual que yo, sino que no era la primera vez que aquella especie de fantasma había rondado por allí.

—Tranquila, hija. Es algo muy común en esta casa. ¡No me digas que te has asustado! Seguro que has tenido que encontrarte con ella en alguna ocasión.

Se apresuró a decir mi madre, al ver la expresión de sorpresa y la palidez de mi cara.

—Si no te hemos dicho nada –comenzó a decir mi tía—, es porque jamás hemos hablado de esto con nadie que no haya tenido la misma experiencia que nosotras. Incluso tu madre y yo tardamos años en compartir lo que veíamos.

— ¿Y desde cuando lo veis?

—Yo desde niña, y siempre en esta habitación —contestó mi madre—. Tu tía sólo lo veía en su dormitorio, hasta que cumplió dieciséis años. Un año antes de que muriera tu abuela tuvimos el valor de hablarlo con ella. Yo pensaba que si decía algo me llevarían al médico o me tomarían por loca directamente. Nuestra madre nos dijo que aquellas visiones no eran producto de nuestra imaginación, que eran de verdad.

— ¿Entonces todas veíais lo mismo? Quiero decir, ¿a las mismas sombras?

—Bueno, en realidad solamente hay dos sombras —contestó mi madre—.la mujer que ha pasado hace un instante y un hombre que lleva una capa. A ese le podían ver tanto tu abuela como tu tía. Yo también le vi, pero con menos frecuencia.

—La abuela nos contó —dijo mi tía en esta ocasión— como una vez el hombre de la capa se dio cuenta de que ella le veía. Entonces se embozó rápidamente y se metió por detrás del armario. Al parecer detrás de ese armario hubo una puerta que tapiaron los bisabuelos al reformar la casa.

— ¿Y no teníais miedo? ¿Ninguna sombra os dijo algo cuando se daban cuenta de que podíais verlas?

—Pues no.

—Contestaron ambas pensativas, con cierto aire de nostalgia.

Por un momento nos quedamos en silencio. Olía a café y a rosquillas. El sonido de fondo del canto de los pájaros hacía de música ambiental. Al dejar mi taza sobre el plato, golpeé la cucharilla de forma accidental y calló al suelo, rompiéndose el hechizo de aquel momento.

— Y tú, ¿qué? ¿No tienes nada qué contarnos? —Preguntó mi tía—. Tu habitación fue la que tuvo tu abuela hasta que se casó, después fue para mí. Cuando creciste un poco, tu madre te puso en ella... No nos digas que, desde entonces, no has visto nada.

—Yo… —balbuceé al contestar—, no había visto nada con la claridad que lo he hecho esta tarde.

Mi madre y mi tía se miraron y asintieron con una sonrisa.

—Siempre pensé que eran imaginaciones mías. Solía ser a la hora de la siesta. Sólo fue durante el año en que cumplí los quince, pero lo había olvidado. La sombra de un hombre embozado en su capa entraba por la puerta de mi habitación y se metía por detrás del armario. Tal y como habéis dicho que pasaba. Nunca me miraba. Yo creo que no me veía. Estaba convencida de que lo soñaba.

— Y ¿nada más? —Preguntó mi tía.

—Pues yo diría que nada más. Después de aquel verano no volví a ver nada hasta el día de hoy.

Ambas se miraron de nuevo y otra vez sonrieron, pero en esta ocasión me pareció observar en ello un matiz malicioso. Me puse totalmente colorada y mis nervios se agitaron de tal modo que derramé mi taza de café cuando fui a cogerla. Afortunadamente, cambiaron su actitud de manera inmediata y empezaron a hablar de otra cosa.

Mi madre y mi tía tenían razón. Hubo algo más que yo no aceptaba como un hecho real, pero que ahora me parecía verdadero. Una de aquellas tardes de verano, tal como la de hoy, el hombre encapotado se dio cuenta de que le miraba, y en vez de continuar con su ronda habitual se paró junto a los pies de mi cama y se descubrió.

Aunque nunca me había inspirado miedo, aún no sabía que cara se escondía tras su embozo. Resultó ser un muchacho con una edad parecida la mía; quizá algún año más. Le sonreí y me devolvió la sonrisa. Después se marchó apareciendo de nuevo al día siguiente. Día tras día, iba notando en mi pecho una especie de calor que hasta entonces nunca había sentido, que aumentaba cuando pensaba en él y sobre todo cuando le veía. Era una sensación tan extraordinariamente dulce y hermosa que me llevó a pensar que, hasta aquel momento, no había comenzado realmente mi vida.

Una tarde, aquel joven se sentó sobre el borde de mi cama. Parecía saber lo que yo sentía, y quiso hacérmelo entender acercándose hasta mí. Cerré los ojos y noté sus cálidas y firmes manos acariciando mi cuerpo. Fue en aquel momento cuando descubrí el placer carnal, paradójicamente, gracias a la vaporosa sombra de un espíritu.

Nunca volvió a suceder. Pasado aquel verano lo olvidé. Pensé que no fue más que pura fantasía de mi duermevela. ¿Y nada más? Me había preguntado mi tía. Ahora creo que aquel ser atemporal probablemente tuvo cientos de amantes en aquella casa, y en las anteriores que hubiera habido en aquel lugar. Mirando hacia la ventana, aquella tarde por fin me dormí con la esperanza secreta, como en otras ocasiones, de volvérmelo a encontrar paseando sonriente entre mis sueños.
Fin
Por Valentín Martínez Carbajo.