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Valentín Martínez Carbajo
El gato que apagaba la luz con su cola de manera involuntaria
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El gato que apagaba la luz con su cola de manera involuntaria
 
Érase una vez un hermoso gato naranja que cada vez que acudía a su biblioteca en busca de algún libro, sin entender el cómo y el porqué lo hacía, él mismo accionaba el interruptor de la luz con su cola, dejando la sala a oscuras; con lo que su propósito, inevitablemente, se veía truncado.
 
Encontrar el lugar que ocupaban los libros era su pasatiempo favorito, al cual se había aficionado cuando era un cachorrillo y al que jugaba cuando estaba solo, siempre que tenía ocasión. Se proponía a sí mismo el título de un libro y debía indicar la posición exacta en la que se encontraba situado, dentro de su enorme biblioteca, en menos de tres segundos. Tenía una memoria estupenda así que le resultaba fácil hacerlo. Una vez que decidía cuál era el título, debía señalar el anaquel y el lugar que en él ocupaba. Teniendo en cuenta que su biblioteca contenía miles de anaqueles y estaba estructurada en varios pasillos, su acción resultaba sumamente meritoria.
 
Sin embargo, tenía un problema: a medida que conseguía su propósito, iba ganando en satisfacción. En consecuencia, se ponía muy contento y, sin poder evitarlo, hacía partícipes a los demás de su enorme alegría dando saltos sin control y maullando sin cesar. Esto molestaba a quienes convivían con él, que ni entendían el motivo de su felicidad ni estaban dispuestos a soportar las molestias que las manifestaciones de su regocijo les producían.
 
Su familia, a pesar de ser muy rica y disponer de aquel enorme patrimonio literario, legado de sus antepasados, era en algunos aspectos muy ignorante y desconocía el valor de la motivación; el estímulo que necesitan los pequeños con el reconocimiento de sus proezas y la necesidad de recibir amor, como energía que les hará fuertes y confiados, ante el mundo, cuando crezcan.
 
Tanto su madre como su padre, cada vez que veían que se sentía gozoso de sus hazañas, le tiraban un jarro de agua fría para calmarlo y le retiraban su cariño. En realidad, casi nunca se lo daban, pero, en aquellas ocasiones, además le rechazaban con otros gestos hostiles. Hacían todo lo contrario de lo que debían hacer unos buenos educadores.
 
El tiempo pasó y aquel pequeño gatito se convirtió en un hermoso gato adulto. Aunque su capacidad memorística seguía tan intacta como el primer día, frente a la repetición de los estímulos negativos que había sufrido cuando era pequeño, cuándo iba a buscar algún libro a la biblioteca, su cola, actuando por su cuenta, accionaba el interruptor de la luz dejándola a oscuras. En consecuencia, inevitablemente fracasaba en su objetivo.
 
Desconcertado preguntó a un enorme y sabio gato de pelo gris esponjoso, el por qué llevaba a cabo aquella involuntaria y caprichosa acción. El gato gris le preguntó por el origen de su afición y por el tipo de cosas que le sucedieron mientras la desarrollaba. Después de responder a su pregunta, esperó su parecer.
 
El cariñoso gato gris le explicó pacientemente lo que le sucedía.
 
Dentro de ti, apreciado y valioso amigo, aún vive el pequeño gatito que fuiste un día, y al que la ignorancia de sus cuidadores castigaba con un jarro de agua fría cada vez que triunfaba en su objetivo. La ignorancia deja campar a sus anchas a la malicia en las mentes mediocres; preocupadas solo por satisfacer sus impulsos primarios, sin preocuparse por mejorarse a sí mismos y, de ese modo, cuidar mejor de sus pupilos.
 
Ese pequeño gatito aún vive anclado en el momento que le condicionaron de forma tan negativa y, a su manera, te está protegiendo con el fin de que no te hagan más daño. Él es quien acciona tu cola, que sigue siendo la suya, cuando ve que te encaminas hacia el éxito; ya que tu triunfo despertará su contento y con ello la ira de vuestros padres; pues en el tiempo que él aún vive os castigarán con su desprecio y una jarra de agua fría. Él no quiere que os vuelvan a castigar y por esa razón apaga la luz moviendo su cola. Si no hay triunfo no hay contento, si no hay contento, no hay castigo. ¿Comprendes ahora por que mueves tu cola?
 
-He pensado en esa posibilidad, gato gris, y he tratado de decirle a ese pequeño ser, que sé que aún vive en mí, que ya no tiene nada de qué preocuparse porque esos padres que tuvimos ya no se encuentran aquí y, aun no siendo ese el caso, ahora podría defenderme de ellos y sus tropelías.
 
-Valiente, valioso e inteligente gato naranja -dijo el sabio gato gris-, ese pequeño gatito, no sabe de tu existencia y, además, al lugar en el que ahora se encuentra, no le llegan las palabras; únicamente percibe imágenes y sensaciones. Una vez que le hayan llegado, si son claras e intensas, podrá transformarlas en palabras y entenderte. Así pues, debemos ponernos en contacto con él de otro modo. Ven conmigo hasta mi laboratorio y desde allí te enviaré al pasado; yo iré contigo.
 
Y así lo hicieron. Sentados en dos cómodos butacones, rodeados de plantas y hermosas vidrieras multicolores de fino cristal, emprendieron un viaje que inició el gato gris con una orden sencilla:
 
-Vuelve a tu biblioteca a través de tu imaginación y llévame contigo…
 
Después de unos segundos el gato gris le pregunto:
 
-¿Ya te encuentras allí? ¿Si es así, qué es lo que ves y qué sientes?
 
-Me veo a mí mismo cuando era pequeño y.… ¡Qué raro!... Siento vergüenza... -dijo el hermoso gato naranja que, aunque conservaba su tamaño y bello pelaje, ahora se había encogido, sintiéndose temeroso y vacilante.
 
-Esa sensación es el reflejo de lo que experimenta el gatito que tienes delante. Ahora tienes plena conciencia de lo que sentías entonces. Antes solamente era una sensación. Ahora puedes ponerla en palabras, pero él todavía no puede.
 
-Quiero que te tranquilices -continuó diciendo el gato gris-. De ese modo tu presencia fuerte y serena calmará al gatito. Si te apetece, pero solo después de haber recuperado tu fuerza, puedes abrazarlo. Mientras le consuelas también puedes hablarle. Él seguirá sin entender tus palabras, pero comprenderá el mensaje a través de las emociones que perciba de ti. Cuando razones para ti mismo, producirás sensaciones e imágenes fruto de ese razonamiento. Eso es lo que le llegará.
 
El gato naranja se fue calmando, tal y como le había pedido el gato gris. Después empezó a pensar en qué se diría a sí mismo para crear las imágenes que dieran forma a su mensaje.
 
Cuando por fin, el gato naranja recobró toda su fuerza, el pequeño gatito, notó una presencia a su lado y se volvió para mirar. Aún no veía nada, pero sentía que la presencia de algo cálido, fuerte y, al mismo tiempo, suave, que deseaba abrazar.
 
El gato adulto observando el efecto que producían sus propias sensaciones en el gatito pequeño, las aumentó con imágenes donde mostraba su fuerza y todo su actual valor. Se vio a sí mismo como el gato seguro y fuerte en el que se había convertido. En medio de aquel proceso, tomó conciencia de su lucha por mejorarse a sí mismo a lo largo de su vida, y de cómo esta le había ido dotando de la constitución interna, no solo de un gran gato sino también de un enorme felino. Al tratar de reproducir en su mente la imagen de sí mismo, descubrió que era mucho mejor de lo que había creído. La intensa vibración de aquella imagen, contribuyó a que el pequeño gatito le viera con claridad y se lanzara a su lado para abrazarlo; perdiéndose entre su cálido y denso pelaje, al tiempo que experimentaba, por primera vez, la sensación de sentirse protegido.
 
Él le rodeo con sus magníficos brazos, notando como el miedo que el pequeño padecía, prácticamente desde su nacimiento, iba disminuyendo poco a poco; al tiempo que una felicidad, hasta aquel momento desconocida, se iba apoderando de él. Como si aquella nueva dicha emitiera alguna señal que viajara a través del aire, de pronto aparecieron sus padres, con su mirada mezquina, en entrada a la biblioteca. El gatito se volvió hacia la puerta y se quedó paralizado ante su presencia, pero esta vez tenía detrás de él a un enorme felino por el que se sentía protegido. Sus padres, evidentemente, no veían nada, únicamente que estaba demasiado tranquilo. Eso les molestó, pero no tanto como cuando estaba feliz. Aun así, se dispusieron a lanzarle el jarro de agua fría que llevaban preparado siempre que se acercaban hasta allí. De pronto, sin saber por qué, sintieron miedo y comenzaron a dudar de la acción que se disponían a llevar a cabo.
 
El miedo de sus padres iba en aumento, pero acostumbrados a sentir satisfacción ante el desasosiego y, a veces, los llantos de su extraño hijo, no querían privarse de aplicarle el castigo. Cuando el gato grande vio sus intenciones le bastó abrir sus fauces y sacar las uñas de sus garras para que el gatito captara su imagen, al tiempo que la transmitió, por un conducto misterioso, hasta aquellos dos infames; ocurriendo, en aquel instante, que también le vieron.
 
Como miserables comadrejas, se pusieron a correr aterrorizados, saltando de un lugar a otro de la habitación, golpeándose con las estanterías de los libros. Incluso se resbalaron con el agua que, al dejar caer las jarras que llevaban, se había derramado por el suelo.
El pequeño gatito contempló la verdadera naturaleza de aquellos dos individuos. Ahora que veía a través de los ojos del gato grande, se dio cuenta de que no eran seres poderosos, sino pequeños y mezquinos; seres totalmente indignos de llamarse gatos. Como por arte de magia, les cambió su tamaño hasta volverse, incluso, más pequeños que él. De escuálidas comadrejas se transformaron en feos ratones, llenos de calvas en el pelaje, que corrían asustados, gritando como locos, tanto por el miedo como por el descontrol que habitualmente tenían sobre sus propios impulsos, que ellos atribuían a los problemas domésticos que les acuciaban; aunque, sin duda, no eran diferentes a los del resto de los gatos que ocupaban su tiempo en resolverlos en vez de volcar sus frustraciones en sus camadas.
 
Como nunca pisaban por la biblioteca, se perdieron. Cuando consiguieron calmarse buscaron a su gatito para que les indicara la salida; pero este había desaparecido. En su lugar había un poderoso tigre de Bengala. De pronto recordaron que a su cachorrillo se lo habían dado en adopción para que lo criaran. Un desconocido lo dejó en su puerta y, a cambio de sus cuidados, les entregó varios cestos con sabrosos alimentos que no dudaron en aceptar y disfrutar hasta el hartazgo.
 
Entonces imaginaron que aquel enorme tigre era el verdadero padre del gatito, que venía a recuperarlo. Al momento tomaron conciencia del castigo que les esperaba y del maltrato continuado al que, por indolencia, habían sometido a su hijo adoptivo.
 
Aunque ellos no veían al pequeño, él si podía observarlos; de hecho, se encontraba aún allí, delante de ellos; siendo testigo de cómo aquellos dos miserables cambiaban de comportamiento y actitud ante alguien con mayor presencia que ellos.
 
- ¡Perdónanos! Te lo rogamos. Nosotros solo queríamos que nos dejara tranquilos.
 
-No es mi trabajo perdonar -contestó el tigre sin acritud-. Allá cada uno, con lo que mete en su mochila y lo que le demandará su conciencia... Ahí se encuentra la salida -les indicó con una de sus garras en la que brillaban unas afiladas uñas que parecían de acero.
Como las miserables ratas locas, en las que se habían convertido, corrieron gritando presas del pánico para ponerse a salvo.
 
Aquel enorme tigre, en el que su visión le había transformado y el cachorro que aún era un pequeño gatito naranja, se quedaron solos en la biblioteca.
 
- ¿Y ahora qué pasará? ¿Me llevarás contigo? –Preguntó el gatito, que, después de aquel intenso episodio, logró comunicarse con él a través de las palabras.
 
-Eso no puede ser, deberás seguir con tu juego hasta perfeccionarlo totalmente. Sé que tus padres adoptivos no volverán a molestarte de ahora en adelante.
 
-Yo también lo sé, porque jamás volveré a compartir mi alegría con ratas como las que he visto. Ya no siento esa necesidad. A partir de ahora seré feliz y solo compartiré mi felicidad conmigo mismo, con los que sean de mi propia especie y con mis verdaderos amigos.
-Es hora de marcharnos –dijo el gato gris, que se encontraba atestiguando lo que había sucedido. Verás cómo cuando regreses, el pequeño ya no accionará su cola, pues ya no tendrá nada de qué protegerte, y podrás concentrarte en tu juego.
 
FIN