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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Relato
Valentín Martínez Carbajo
El gasolinero
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El gasolinero
 
Carpe diem
 
Mario se levantó de forma apresurada como solía hacer todos los días para ir a trabajar a la gasolinera. Vivía a diez minutos de su puesto de trabajo y siempre apuraba hasta el último minuto antes de levantarse. Se lavaba lo justo para no ponerse el desodorante sobre el del día anterior y corría a desayunar al bar que había debajo de su casa. Tenía que tomar pastillas para poder dormir y tardaba un buen rato en espabilarse. El aire frío de la mañana no contribuía a su bienestar ya que en cuanto se despertaba empezaba a sentirse mal, atenazado por tus pensamientos, por sus complejos y sus circunstancias.
 
Su vida era realmente atroz, desde su punto de vista, claro; ¿pero acaso tenía opción para mirar desde otro ángulo? Mario soñaba con que algún día lograría estudiar una carrera o sacaría alguna oposición y entonces tendría un motivo para sentirse orgulloso de sí mismo. Sería entonces cuando comenzarían a respetarle los demás, cuando encontraría una pareja adecuada, cuando las cosas, en general, comenzarían a salirle bien.
 
En cuanto se ponía su mono de trabajo se saturaba del olor a gasolina. Había días en los que se sentía optimista y en el tiempo que duraba el repostaje charlaba animadamente con los clientes, pero la gran mayoría los pasaba pensando en su lamentable situación. Había cumplido treinta años y apenas tenía contacto con su familia. Tardó mucho tiempo en comprender que por algún motivo extraño le rechazaban. Era tal la sensación de malestar que experimentaba, cuando algún domingo iba a visitar a sus padres, que solía tardar en recuperarse de la debilidad que se apoderaba de él, casi la mitad de la semana. Había temporadas que dejaba de ir, pero aquella decisión a menudo le traía peores consecuencias. Le reprochaban su actitud y le decían que debía acudir más al médico. Su madre todo lo arreglaba con el médico. Según su punto de vista existían pastillas incluso para hacer que cumplieras con las visitas semanales a la familia.
 
Su sueldo era bajo. Tenía para pagar el alquiler y la comida. Casi nunca se compraba ropa y lo poco que le sobraba lo gastaba en ir de cena con los amigos, con los que nunca terminaba de sentirse bien del todo. El dinero de las pagas extra lo solía destinar a pagar al médico psiquiatra al que acudía regularmente. Llevaba viendo al psiquiatra desde hacía más de ocho años, pero no conseguía salir de su atolladero. Durante aquel tiempo le fue cambiando y aumentando las dosis de los medicamentos que le recetaba para su depresión, pero lo único que conseguía con todo ello era sentirse aturdido, haciendo que los cristales de la ventana, hacía una posible vida normalizada, se vieran cada vez más empañados.
 
En el trabajo tenía dos compañeros. Los dos eran menores que él. Ambos estaban casados y uno tenía ya dos hijos. Le habían invitado a sus respectivas bodas a las que acudió solo.  Sus padres, aunque trabajadores sin ningún tipo de especialización, habían sido capaces de cuidar de su economía y les habían comprado los pisos en los que vivían.  Puesto que sus parejas trabajaban podían permitirse una vida tranquila y desahogada. Mario se sentía acomplejado por el modo en que tenía que vivir. Nunca tendría lo recursos suficientes como para comprarse nada. Además, pensaba que era culpa suya. Su familia ni podía ni deseaba ayudarle. Es más, con apenas quince años su padre le había llevado a trabajar a la fábrica en la que estaba empleado. Menos mal que aquello duró poco tiempo. Después le llevaron a una escuela de Formación Profesional para que se hiciera mecánico de automóviles. Antes de que terminara y puesto que las clases eran por la mañana, iba a trabajar a un taller cuyo salario consistía en una propina semanal con la que se quedaba su madre para ayuda de la casa. Aprendió el oficio, pero no le gustaba. Sobre todo no le gustaba relacionarse con sus compañeros.  Siempre hablando de mujeres, siempre con las mismas bromas que ni compartía ni entendía. Tarde o temprano siempre acababan llamándole marica y burlándose de él.
 
Vivía aterrado porque en realidad lo era. No pensaba que aquello fuera algo horrible, lo horrible era el modo en el que le despreciaban, en el que le hacían sentirse un extraño, como si no tuviera derecho a pertenecer a la humanidad de la que formaba parte. No sabía realmente qué era de su presencia lo que le delataba, así que hablaba lo menos posible, reía lo menos posible y se relacionaba lo menos posible para que nadie tuviera la oportunidad de señalarle, de insultarle o de apartarle como en algunas ocasiones había ocurrido.
 
Cuando Tenía veinticinco años estuvo trabajando en dos talleres que le llamaban cuando necesitaban de sus servicios y en la gasolinera. Por entonces vivía aún con sus padres. Todo el dinero que ganaba lo entregaba en su casa. Lo necesitaba la familia. Desde siempre había recordado a su padre o bien borracho o sin trabajo. Su madre, se vengaba de su marido, poniendo en su contra a los hijos. De hecho Mario vivió odiándole con verdadera inquina  desde que a la edad de cinco años su madre le dijera, hasta que quedó bien claro, que su padre no le quería.
 
Por aquellas fechas Mario había conocido a un chico en la gasolinera con quien había hecho amistad. Tenía la misma edad que él. Todos los fines de semana, paraba a cargar su coche de gasolina para marcharse a su ciudad de origen, donde tenía a su familia y a su novia. Estaba destinado por dos años en una sucursal de una importante agencia de viajes. Transcurrido ese tiempo regresaría de nuevo a su casa. Este muchacho vivía en una pensión y estaba buscando un piso para compartir, ya que deseaba mayor libertad de movimiento.  Hacía mucho tiempo que Mario quería marcharse de la casa paterna, pero las penurias económicas que padecía su familia debido a una administración extremadamente desastrosa, se lo impedían.  Cuando manifestaba su deseo de ser independiente  le tachaban de egoísta y le llenaban de tantos sentimientos de culpabilidad que siempre cesaba en su empeño. Aprovechando una racha poco habitual de estabilidad familiar y la propuesta de su nuevo amigo ofreciéndole compartir piso para ahorrar gastos, decidió aceptar y por fin se marchó a vivir por su cuenta.
 
Mario tenía la esperanza de que una vez apartado de la influencia familiar, conseguiría dormir tranquilo, sin necesidad de pastillas; pero no resultó tan sencillo. A pesar de lo poco que ganaba y de pagar los gastos que le originaba su nueva vida, sus padres le reclamaban una pequeña parte de su sueldo que él les daba sin saber realmente porque lo hacía. Durante años vivió con dos camisas y dos pantalones. Por fortuna nunca le faltó para comer y además consiguió ahorrar para pagarse una academia y presentarse al acceso a la universidad para mayores de veinticinco años. Aprobar aquel examen le dio esperanza y fuerza para vivir ya que él pensaba que todas sus miserias se debían a su falta de preparación.
 
Por otra parte, la relación con su nuevo amigo, también le ayudó. Jamás le confesó que era homosexual, pero a Mario no le cabía duda de que  lo sabía. Por primera vez en su vida, alguien que le conocía de verdad no le rechazaba. Ni que decir tiene que se enamoró de él. Fue un amor totalmente platónico. Jamás se hubiera atrevido a decirle lo que sentía. En algún momento de su vida Mario llegó a pensar que debía pedir perdón por existir y manifestar gratitud ante quien simplemente le trataba con respeto.
 
Llegado el día su amigo se marchó, tal y como estaba previsto. Ocupado en su trabajo y el primer año en la facultad, a la que acudía cuando podía, Mario superó sin contratiempos la despedida y empezó su vida en solitario. Al poco tiempo de empezar la carrera, perdió el interés por continuar. Cuando comprobó que era capaz de aprobar las asignaturas a las que se presentaba, el reto se terminó. Por otro lado, sus rachas de depresión, el incordio constante de su familia aún en la distancia y el enorme esfuerzo que suponía para él tener que estudiar, trabajar y llevar la casa al mismo tiempo, le agotaron. Los medicamentos que tomaba habitualmente para “mantener el tono vital”, como le decía su psiquiatra, tampoco contribuían demasiado a mantenerle lúcido. Mario no tenía la misma fuerza que los demás, no era tan listo como los demás, no merecía tener la misma vida, ni mucho menos la misma suerte, de la que disfrutaban lo demás. Eso pensaba de sí mismo.
 
En algunas ocasiones había escuchado decir: “Si supieras que este iba a ser el último día de tu vida, ¿cómo lo vivirías, qué cosas harías para aprovecharlo?”. Pensaba que era idiota porque en realidad qué iba a poder hacer él que no hubiera hecho ya antes para tratar de disfrutar de la vida, para ser y sentirse simplemente como una persona normal. “Carpe diem”. La empalagosa película “El club de los poetas muertos” lo había puesto de nuevo en el candelero por aquellos días. ¿Carpe diem? -Se preguntó- Esas frases están hechas para los ricos, pensó. ¡Que aproveche el momento su puta madre! Se tomó su pastilla y durmió hasta que sonó el despertador al día siguiente.
 
Fin