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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Relatos
Valentín Martínez Carbajo
El despertar
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El Despertar
 
Turista accidental
 
 
Al asomar la niebla volvió a sentir el alma que vibraba en su niñez inundando sus días con una misteriosa melodía que las diminutas gotas de agua, suspendidas en el aire, tocaban solamente para él cuando saltaba de la cama y se pegaba al cristal, enturbiando la ventana con su pausada respiración hibernal y aún soñolienta. De pronto descubrió, sin saber realmente por qué, que la esencia de su vida no difería de un viaje de los muchos que, impulsados por el aparente azar, había ido realizando a lo largo de los años. La bruma, paradójicamente, le había permitido vislumbrar la pauta; o quizá, de tanto mirarla, se había acostumbrado a él y confiada decidía desvelarle el secreto que celosamente guardaba.
 
La niebla, sin haberse dado cuenta hasta ese instante, había sido fiel y extraña compañera de gran parte de sus recuerdos. Habían estado juntos en más de mil parajes, pudiéndola observar manifestarse en un sinfín de escenarios distintos; ya fuera difuminando las siluetas de los castillos, disimulando la suciedad de los viejos arrabales o arropando las arboledas desnudas de los hayedos por los que silencioso había caminado sin saber certeramente lo que buscaba.
 
En cierta ocasión, mientras recorría los montes del Bierzo, con la intención de conocer Las Médulas, se descubrió reflexionando sobre una extraña sensación que solía experimentar cuando estaba totalmente concentrado en sus viajes. El camino estaba silencioso, jalonado por castaños centenarios que se habían erigido en sus guardianes. Ciertamente intimidaban al paseante cuando emergían lentamente, sombreados por el musgo y la humedad, entre aquella lluvia flotante. Allí, desde el principio del tiempo, había estado escondido un gran tesoro hasta que lo encontraron los romanos. Horadando la montaña, con una red de intricados túneles laberínticos, inmisericordemente se lo arrebataron. Sin embargo, sin pretenderlo, se lo cambiaron por otro, sin duda menos ampuloso, pero aun así de un valor considerable.
 
Cuando llegó al mirador, el sol ya había vencido y el paisaje brillaba en tonos ocres y anaranjados sobre las grandes cicatrices de la montaña. Aquella visión le penetró, en vez de ser él quien invadiera el espacio con su presencia. Curiosamente, de él no tomó nada si no que le dejó una especie de ambrosía que de inmediato reconoció su alma. Quizá por eso viajaba: con el fin de alimentar una parte de sí que no podía satisfacerse de otro modo.
 
Casi al terminar la tarde se encontraba en Castrillo de los Polvazares. El cielo estaba cubierto y las empedradas calles medievales se veían húmedas y desiertas. Solo, ante la imponente travesía principal, se detuvo al escuchar el tañido de la campana de la iglesia, posiblemente, llamando a vísperas a los espíritus. Juraría que desapareció, si no él, alguna parte de su ser interior retrocediendo en el tiempo. Aún hoy es el día que se pregunta con quien corrió a encontrarse, pues cuando regresó, lloró mezclando la alegría con una sensación indescriptible que dulcemente le invadió hasta embriagarle.
 
Cuando comienza algún viaje, algo despierta en su interior dispuesto a asaltar su camino y desbaratar su proyecto. Si viaja acompañado, se las arregla para apartarle a un lado y observar íntimamente lo que quiere. Como un artista, encuadra el escenario en su retina hasta que satisfecho, parece eclosionar invadiendo y erizándole la piel al recrearse con lujuria en el objeto de un amor que sin ningún pudor persigue. Podría decirse que se desposa llevándole consigo de testigo al que obliga a presenciar su gran noche nupcial, consumada a cualquier hora del día. De ese modo sucedió bajando de San Martín de Castañeda, cuando el lago de Sanabria se desnudó apartando de sí la neblina que, como un cobertor, le había arropado durante la noche y hasta bien entrada la mañana. Tenían nieve las laderas de la montaña y al descubrirse sintió como le llegaba ese aliento inexplicable del que involuntariamente se nutría.
 
Es justo decir que esa parte de él no siempre surgía tan voluptuosa. San Pedro de Cardeña le hizo despertar un espíritu guerrero, mitad monje, mitad soldado, que le sorprendió con su aparición. No obstante, de inmediato percibió su aliento familiar al descubrirse inundado por las mismas sensaciones que ese extraño morador, que parecía llevar dentro, le provocaba con sus impresiones cuando irrumpía de improviso en cualquier tramo del camino en el que lo invisible reclamaba su presencia.
 
Desde Cardeñajimeno, caminaba por la carretera con paso lento, aunque decidido. No quería llegar en coche hasta el monasterio. Durante el tiempo que duró su recorrido no se cruzó con nadie. De nuevo la niebla invernal le hacía compañía en su viaje. Creyó escuchar los cascos de un caballo golpeando el asfalto en la lejanía y de pronto comenzó a gemir como quien se aleja de un amor, desgarrándose por dentro o quien se aparta de sus hijos contra su voluntad. Quizá los héroes de los poemas nunca hayan muerto y, en nuestros descuidos, tomen una parte de nosotros con el fin de dar salida a sus sentimientos, prisioneros del silencio que habitualmente los envuelve, pensó. Eso o, en aquel día, su alma empatizó de tal modo con el paisaje que fue capaz de sentir las vibraciones de los espectros acudiendo hasta él con la esperanza de que, por fin, alguien escuchase sus lamentos. De cualquier modo, ya superado el trance, se sintió lleno de vida. Otra vez había bebido del elixir que le había procurado su oculto compañero con aquella experiencia.
 
¿Era él quien realmente viajaba o era un turista accidental que se veía remolcado por las necesidades de su alma, invitándole de ese modo a confrontarse con ella?
 
Lentamente, la visibilidad fue descubriéndole un extenso páramo. De no estar advertido, pues no vio el indicador, hubiera pasado de largo ante el desvío que, a través de una cuesta, jalonada por zarzas y otros matorrales, baja hasta la hondonada donde se encuentra el convento. Es un pequeño oasis, aunque, con aquel frío, la frondosidad de la arboleda que lo circunda tardaría aún algunos meses en alcanzar su esplendor.
 
Pasó junto a un profundo estanque de agua cristalina, que en su mayor parte se encontraba helado, y se situó ante la fachada donde aparece la imagen del Cid subido a caballo en actitud beligerante, rodeado de unas piedras coloridas que recuerdan a los ornamentos árabes. A su izquierda, un monolito señala el lugar donde reposa el caballo, mientras que, junto a un ala del templo, aún se conserva lo que fue el sepulcro de su amo, hasta que lo sacaron de allí y, después de un curioso y largo peregrinar, fue trasladado hasta la catedral de Burgos.
 
De nuevo con paso lento, esta vez pensativo, llegó hasta las puertas de la iglesia que para su sorpresa estaban abiertas. Las rejas, que separan el espacio de los fieles del de la clausura, le impidieron recorrer sus naves. El suave olor del incienso y la cálida temperatura con la que inesperadamente se encontró, le invitaron a sentarse haciendo un alto en el camino.
 
Fue precisamente aquella mañana cuando había recordado, con su cara estremecida por la niebla, que aquel pasajero que transportaba, ya había contactado con él siendo solamente un niño. Después desapareció, volviendo a surgir gradualmente unos años después, hasta convertirse, inexorablemente, en una parte indeleble de su naturaleza. Llegó a pensar que era Dios, más con el tiempo, había llegado a la conclusión de que no podía tratarse de un ser tan complejo.
 
¿Y si quien vivía dentro de él no fuera nadie, sino un sentido aún no descrito, que se desarrollara bajo leyes diferentes a las del resto? Pero un sentido no produce sentimientos, únicamente los advierte. Lo que experimentaba, no se alejaba enteramente de aquella descripción, pero no lo definía con acierto. De lo que no cabía duda, era que algo había ido surgiendo de manera progresiva hasta tener su propia idiosincrasia, su singular modo de mirar y relacionarse con el mundo.
 
Después de comer, se acercó hasta la Cartuja de Miraflores. A pesar de la belleza de todo aquel conjunto artístico, no consiguió entusiasmarse con nada. No sabía qué mirar o qué lugares recorrer para sentir aquello a lo que se había acostumbrado. Era evidente que su huésped se había asustado al verse descubierto de una manera tan diáfana. Durante muchos años, este raro inquilino, había jugado con el parloteo de su arrendador esclavo de la razón y dispuesto a explicarse aquellas sensaciones como creaciones caprichosas de su mente. Pero ahora, no podía arriesgarse a que lo viera con tanta nitidez, pues sabía que, si se inquietaba ante su presencia, podría destruirlo para siempre con un simple acto de su voluntad.
 
Durante varias semanas viajó con el fin de averiguar si aquel vacío que sentía era un hecho puntual o se iba a convertir en algo permanente. No tardó en comprobar que quien parecía compartir su cuerpo en aquellos misteriosos raptos, se había ausentado sin permiso -del mismo que llegó- y sin intenciones aparentes de volver. Ante aquel horizonte sombrío, tardó mucho tiempo en volver a viajar. Tenía la misma sensación de quien pierde un amante y en consecuencia cae en un profundo estado de melancolía. No obstante, aquella etapa pasó y como su naturaleza seguía siendo viajera, volvió a caminar, aunque sin pretender que aquellas misteriosas percepciones regresaran, mitigando de ese modo la ansiedad que le había consumido hasta inmovilizarle.
 
De nuevo debería convertirse la niebla en su fiel aliada. Casi un año después, junto a la ermita de San Frutos, arropado por las hoces del río Duratón, notó como su antiguo amante se aproximaba furtivamente tras sus pupilas. Después sintió sobre el pecho un calor familiar. Como quien no quiere asustar a un cervatillo con su presencia, se quedó paralizado, sin hacer ningún gesto. No deseando ponerse en evidencia, comenzó a avanzar lentamente sin jalear, ni siquiera por asomo, aquel inesperado encuentro repentino.
 
En ese preciso instante, desde lo más profundo de sí, supo que era su alma quien se estaba manifestando. Mil veces había sospechado que era ella quien le conmovía, pero aquel fue el momento de certificarlo. Del mismo modo supo de inmediato que si se proponía retenerla, primero la tendría que conquistar.
       
Después de haber compartido con ella lo invisible, descrito lo inefable, haber perdido su amor y volverlo a encontrar tomó la decisión de consagrarse a recorrer el mundo; pues se había dado cuenta que la vida no consistía en reverenciar sólo lo razonable y que los viajes, en apariencia meras distracciones, guardaban en secreto la sorprendente capacidad no sólo de aportar riqueza a su existencia, sino también de hacerle desplegar las alas de su insospechado y verdadero ser.
 
Fin
 
Valentín Martínez Carbajo