acordeón, música, recuerdos, niñez, recuerdos de la niñez, gatos, recuerdo de una gata que parió y como ahogaron a los gatitos, río Esgueva, plaza de los Vadillos, Valladolid
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Novela negra   
Novela El Nigromante
 
El Camino de la iluminación espiritual y personal
Relatos
Valentín Martínez Carbajo
El acordeón
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“El Acordeón”
 
 Al compás de la música
 
¡Qué calurosa noche la de ayer! Sentado en una terraza del centro de la ciudad, entre el murmullo de las conversaciones que aún el calor las transformaba, si cabe, en más tediosas, escuchaba el sonido de fondo de un acordeón. Sin pretenderlo me eché hacía tras en mi silla y cerré los ojos. A nadie, de quienes me acompañaban, pareció importarles mi actitud o quizá ni siquiera repararon en ella. De pronto me vi transportado a un instante lejano de mi niñez. ¡Qué extraña asociación! Los acordes de aquel acordeón y el recuerdo de unas calles tenuemente iluminadas por la luz de unas bombillas no mucho más potentes que las que incluso hoy ya están desapareciendo del interior de las casas. Hacía dos años que aquel recuerdo me había asaltado por primera vez al transitar las calles de una barriada de las afueras de El Cairo, donde contemplando aquel tipo de iluminación me encogí, y un torrente de emociones que no supe discernir hizo que un escalofrío me estremeciera a pesar del bochornoso calor que como aquella noche me envolvía. Entonces no hubo acordeón, pero sí un niño que desde mi interior quería subirse hasta mis ojos, para ver de nuevo aquel paisaje familiar, perdido entre un cuerpo que le había ido sepultando año tras año con su crecimiento.
 
Aquel paisaje urbano de mi niñez estaba ubicado en la plaza de los Vadillos. Recordaba unas calles apenas sin asfaltar, una plaza, una fuente y las tapias de la finca donde residía. Tras el muro había una pequeña hilera formada por dos casas molineras separadas por un amplio garaje lleno de trastos, que en aquel entonces ya no utilizaba nadie. Era propiedad de mi tía abuela que a su a vez había heredado de su marido, un hábil mecánico y experto conductor, muerto de una enfermedad que hubiera curado la penicilina de haber sido descubierta poco antes. En la primera casa, vivía mi tía abuela junto a su madre, mi bisabuela, una mujer que vestía de hábito por una promesa que nunca comprendí, pero cuya bondad recuerdo por encima de toda la amalgama de sensaciones que se van amontonando en mi memoria distorsionándolo todo. En la otra casa vivía yo junto a mi hermano y mis padres. Frente a las casas y el garaje, un terreno que entonces me parecía enorme, terminaba en una pared detrás del cual decían que se encontraba el río Esgueva.
La música de aquel acordeón se aproximaba poco a poco a la terraza, al tiempo que las conversaciones se iban silenciando de manera espontánea. ¡Qué música más bonita! Dijo una mujer sentada en una de las mesas contiguas. Es un tango. Se titula “Malena”, escuché decir.
 
De pronto comprendí porque me había venido aquel recuerdo de mi infancia perdida. Tanto mi hermano, un año más pequeño, como yo, sentíamos una enorme curiosidad por las cosas que se amontonaban en el garaje. Entre los huecos de las puertas de madera que tenía, nos asomábamos cuando la luz de sol iluminaba sus oquedades o cuando una de las gatas de mi tía, huía para esconderse, inconscientes del daño que podía hacernos a mi hermano y mí cuando la perseguíamos. Una tarde mi tía abuela abrió las misteriosas puertas para satisfacer nuestra curiosidad.
 
Mientras mi hermano y yo escudriñábamos todos los rincones y mirábamos entre la multitud de cajas que allí había, mi tía abrió un armario y nos llamó. Ante mi sorpresa y la de mi hermano, se puso hacer sonar un viejo acordeón. No sabía tocarlo, pero el sonido que emitió fue suficiente como para que ambos quedáramos fascinados.
 
¿Qué es eso? Pregunté yo. Es un acordeón, me contestó. Recuerdo que aparte del sonido lo que más me llamó la atención fueron sus teclas y los botones negros que tenía al otro extremo. Me preguntaba cómo era posible distinguirlos para hacer que pudiera sonar bien una canción. Aún recuerdo su fuelle. Era de cartón de color crema con unos estampados verdes. Después de dejarnos pulsar algunas de sus teclas, mientas ella hacía funcionar el fuelle, lo guardó. No sé de quién sería. Es muy probable que fuera de su marido, como todas las herramientas que aún se veían colgadas en los paneles que había en la pared. Dando por terminada la visita salimos todos, cerrando mi tía las puertas tras de sí con la cadena y el candado que tenían.
 
La melancolía de aquel tango, que me iba calando a medida que se aproximaba el concertista me trajo la verdadera razón por la que aquel recuerdo se me había grabado tanto.
 
Un día, parió la gata que tanto perseguíamos mi hermano y yo. Tras aquellas misteriosas puertas escuchábamos maullar a los gatitos, aunque no podíamos verlos. Alguien nos había advertido que si veíamos a la gata nos alejáramos de allí, porque cuando paría se volvía peligrosa.
 
Día tras día esperábamos verlos salir. Mi bisabuela nos decía que era demasiado pronto, que ni siquiera tendrían abiertos los ojos, de lo pequeños que eran. Al tiempo mi tía advertía que allí no podía vivir tanto gato.
 
Fue uno de aquellos días, cuando mi hermano y yo husmeábamos por las puertas del garaje, que vimos salir de su casa a mi tía sonriente, con un cubo en la mano. Para nuestra sorpresa, volvió abrir la puerta del garaje y tras cerciorarse que la gata madre no estaba por allí, nos llamó a mi hermano y a mí para que entráramos. Al fin los vimos. Serían cuatro o cinco, no lo recuerdo bien. Mi tía fue cogiéndolos uno a uno y metiéndolos en el cubo. “Aquí no puede haber tanto gato”. Volvió a decir.
 
¿Qué vas a hacer con ellos? Preguntó mi hermano. “Voy a ahogarlos”, respondió. ¡No, no, no hagas eso!, gritamos los dos llorando ante aquella decisión.
 
Recuerdo que fuimos tras ella cuando, saliendo de la finca, se dirigió sin vacilar hacia la fuente de la plaza. Aun viendo nuestra desesperación, llenó el cubo riendo hasta que el agua cubrió a los gatitos y dejaron de escucharse sus maullidos. Tras aquella espeluznante experiencia, mi hermano y yo huimos despavoridos hacía nuestra casa. El día estaba cubierto y las nubes ayudaron a arropar la extraña melancolía que me invadió. Cuando iba tras mi hermano, me di cuenta que el garaje aún se encontraba abierto. De pronto recordé el acordeón y corrí hasta el armario para cogerlo. No fue difícil dar con él. Ya entre mis manos, haciéndolo sonar, olvidé el dolor que apenas un instante había padecido y me puse a estudiarlo del mismo modo que el año anterior lo había hecho con una pequeña guitarra que me regalaron. Quería saber lo que había dentro. Aun comprendiendo que lo destrozaría, poco a poco fui desgarrando el cartón del fuelle hasta que pude introducir una mano y después mirar en su interior. Era evidente, como sucedió con la guitarra, que allí no había nada. Al ser consciente del destrozo que había causado, me asusté. Guardé apresuradamente el acordeón y salí corriendo del garaje. Camino de mi casa volví a recordar el terrible crimen del que había sido testigo.
 
Con el paso del tiempo, comprendí que, para ella, para mi tía abuela, fue algo natural hacer lo que hizo. Estoy seguro de que su pretensión no fue maliciosa. Sin duda nos enseñaba lo que a su vez le habrían enseñado que debía hacerse en aquellos casos. De aquel acordeón, no supe más. Sin duda fueron tiempos crueles, tiempos desgarradores como la melodía de aquel tango que, al sentirla detrás, hizo que abriera los ojos y al fin regresara a la calurosa noche de verano, que fue transcurriendo al compás de aquella música triste y desesperada.
 

Fin